El polvo de estrellas está en todos lados: encuentran restos de supernovas atrapados en la Antártida

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El “polvo de estrellas” que impregna todo está lejos de ser una licencia poética. Cada vez surge más evidencia de que el material producido por estrellas de nuestra propia galaxia termina en los lugares menos sospechados. Un nuevo estudio encontró residuos de la nube interestelar local (LIC) en hielo antártico con decenas de miles de años de antigüedad.

En un artículo publicado en Physical Review Letters, un equipo de investigadores reporta la detección de hierro‑60, un isótopo extremadamente raro en la Tierra que solo se forma en explosiones estelares. Los científicos concluyen que este material proviene de la nube de gas y polvo interestelar que el sistema solar ha atravesado desde el final de la última glaciación.

Heliosfera

Gráfico que muestra cómo el sistema solar viaja sobre el medio interestelar. La heliósfera protege al sistema de la radiación solar, pero parte del material estelar es absorbido por los planetas.

NASA

La historia desconocida que señala el hierro-60

Hoy, detectar hierro‑60 ya no sorprende a los astrónomos. Su origen es claro. Se trata de un isótopo radiactivo del hierro que solo aparece cuando una estrella masiva explota como supernova. Lo que sigue en debate es cómo llega ese material hasta nosotros y por qué en esa proporción.

Un escenario propone que los restos de una supernova viajan durante millones de años por el espacio hasta alcanzar la Tierra. Otro plantea que el polvo enriquecido se acumula en ciertas regiones del medio interestelar y que, cuando un sistema planetario atraviesa una de estas nubes, sus planetas incorporan parte de ese material. El hallazgo en la Antártida respalda esta segunda posibilidad.


Ilustración de un planeta Tierra congelado.

Científicos de Harvard piensan que el sistema solar colisionó con una densa nube interestelar hace 2 o 3 millones de años.


Durante años, los investigadores sospecharon que las nubes interestelares cercanas al sistema solar se formaron a partir de antiguas supernovas. Ahora, por fin cuentan con evidencia directa. La clave es que el hielo analizado, formado entre 40,000 y 80,000 años atrás, conserva un registro directo de lo que caía sobre la Tierra en ese periodo.

El equipo extrajo apenas unos miligramos de polvo atrapado en el hielo y midió el hierro‑60 con una precisión inédita. Luego comparó esas mediciones con otros isótopos, como berilio‑10 y aluminio‑26, para descartar cualquier contaminación terrestre. La señal, aunque débil, resulta inequívoca. El sistema solar ya se encontraba dentro de la nube interestelar local cuando se formaron esas capas de hielo.

“Esto significa que las nubes que rodean el sistema solar están vinculadas a una explosión estelar. Y, por primera vez, esto nos brinda la oportunidad de investigar el origen de estas nubes”, dijo Dominik Koll, uno de los autores de la investigación, en un comunicado.

La nube que actualmente atravesamos

La nube interestelar local que atravesamos, descrita por la Agencia Espacial Europea (ESA) como una región “casi vacía” compuesta por gas y polvo extremadamente tenue, es una estructura difusa por la que el sistema solar avanza con una dirección y velocidad bien definidas. No representa un entorno denso ni peligroso, sino una nube de baja densidad que forma parte de la estructura mayor conocida como la Burbuja Local.

Aunque su composición es mínima, suficiente para que desde la perspectiva terrestre se comporte como un vacío, esta nube contiene trazas de elementos forjados en antiguas supernovas. Ese material, imperceptible pero persistente, aparece ahora atrapado en el hielo antártico y permite reconstruir el recorrido del sistema solar a través de su vecindario galáctico.