La sensación de urgencia que rodeó a las elecciones generales en Israel, las primeras desde las masacres de Hamás del 7 de octubre de 2023, no se limitó a la mayoría judía. Entre los palestinos con ciudadanía israelí, que representan la quinta parte de la población, desbancar a la coalición ultranacionalista y religiosa liderada por Benjamin Netanyahu se convirtió en una misión.
Rompiendo con las habituales tasas altas de abstención –históricamente motivada por la sensación de abandono sin importar quien gobierne o el rechazo a un Estado creado a través de la expulsión de sus compatriotas palestinos–, los votantes árabes de Israel alcanzaron una participación inédita en torno al 80%, una reacción a cuatro años de un gobierno que no hizo nada para contrarrestar la ola de violencia del crimen organizado en sus comunidades y que profundizó las desigualdades y el racismo hacia ellos.
Durante la campaña electoral, tanto Netanyahu como sus ministros más extremistas, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, demonizaron a los ciudadanos palestinos de Israel, tildándolos de una amenaza para el Estado. Smotrich incluso propuso un plan para "judaizar" zonas cercanas a Nazaret y el sur de Israel, en una iniciativa similar a la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania ocupada.
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La respuesta árabe ha sido una conquista récord de escaños en la Knesset (el Parlamento israelí) que, aún sujeta a variaciones según se complete el escrutinio definitivo, se perfila con entre 18 y 19 asientos. Con el 85% de los votos contabilizados, la Lista Conjunta –alianza de mayoría árabe, que incluye al antiguo comunismo israelí– se proyecta con 12 bancas y el islamista moderado Ra’am alcanzaría 7 representantes.
Con la coalición liderada por Netanyahu proyectada en 53 escaños y el bloque opositor de Gadi Eisenkot ubicado, por ahora, en 48 lugares, los partidos árabes se erigen como un socio casi inevitable para quienes buscan desbancar al primer ministro.
El 'bloque del cambio', en su propio laberinto
En diálogo con la agencia Reuters, Yousef Jabareen, líder de la Lista Conjunta, aseguró que el objetivo de su formación es "facilitar la salida del gobierno de Netanyahu y, con suerte, contribuir a cambiar la situación política en Israel".
Jabareen aclaró que no ve viable integrarse a un gobierno encabezado por Eisenkot e integrado por partidos que apoyan la invasión en curso en Gaza, la ocupación del sur de Líbano o el avance de los asentamientos en Cisjordania.
Sin embargo, sí se mostró dispuesto a respaldar al llamado 'bloque del cambio' desde fuera, permitiendo la asunción de un gobierno en minoría mediante la abstención en un eventual pleno de investidura. Para ello, sus demandas incluirían "proteger a nuestra comunidad, promover sus derechos y fomentar la igualdad".
Eso se traduciría, según Jabareen, en combatir la creciente criminalidad, aumentar la financiación y las oportunidades en las comunidades árabes y retomar las conversaciones de paz orientadas a la creación de un Estado palestino. Esta última es una posibilidad que tanto el oficialismo como la oposición han rechazado tajantemente en la campaña.
Por su parte, Mansour Abbas, líder de Ra’am –el único partido árabe que formó parte de una coalición en Israel durante los 18 meses del tumultuoso gobierno de Naftali Bennett y Yair Lapid entre 2021 y 2022–, ha asegurado varias veces antes de la elección que había discutido un posible acuerdo con miembros del ala de Eisenkot.
"Estamos aquí, no estamos al margen", declaró Abbas en la noche del martes. En diálogo con la televisión israelí, agregó que ve posible "superar las dificultades" y sostuvo que "la mayoría de los votantes del bloque (opositor) desean ver un gobierno que incluya al partido Ra’am".
Pero el 'bloque del cambio' enfrenta un laberinto de su propia creación. En campaña, Eisenkot prácticamente descartó un gobierno con partidos árabes, alegando la falta de valores compartidos y limitando la alianza a una serie de condiciones, que incluyen el reconocimiento de Israel como un Estado judío y de Hamás como un grupo extremista.
Otros dos potenciales socios de esa coalición, el derechista Naftali Bennett (B’Yachad) y el ultraderechista Avigdor Liberman (Yisrael Beitenu), fueron más explícitos antes de las elecciones al descartar esa posibilidad como una opción ilegítima tras el 7-O, sin contemplar que ciudadanos árabes de Israel murieron o fueron tomados como rehenes en la incursión de Hamás.
Este miércoles, el único referente opositor en animar a una colaboración con los partidos árabes fue Yair Golan, de Los Demócratas (centroizquierda), quien alertó: "No tenemos futuro aquí si no dejamos de tener miedo". "Ya no debemos aceptar la división racista de Netanyahu entre votos judíos y votos árabes", subrayó.
Por su parte, el presidente israelí Isaac Herzog, quien es el encargado de dar el mandato para formar gobierno (que no siempre otorga al líder de la lista más votada, sino al que más posibilidades tiene de crear un Ejecutivo estable), llamó a tener una "mente abierta" de cara a las negociaciones.
"Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano, especialmente después de lo de ayer, para evitar otra ronda de elecciones", remarcó, advirtiendo contra una eventual repetición electoral, que sería necesaria si ninguno de los bloques consigue formar un gobierno.
Según el 'Canal 12′ israelí, una primera prueba para la potencial cooperación judía-árabe podría darse cuando asuma el nuevo Parlamento resultante de las elecciones. Aún sin formar gobierno, los parlamentarios opositores se plantean reemplazar al actual presidente de la Knesset, Amir Ohana (del Likud de Netanyahu), por un integrante del 'bloque del cambio'.
El Likud de Netanyahu denuncia un supuesto "robo" de los partidos árabes
Lejos de moderar el tono, el Likud de Benjamin Netanyahu insistió este miércoles en la idea agitada durante toda la jornada electoral sobre supuestas irregularidades en las comunidades árabes con el fin de evitar el triunfo del primer ministro.
"Las elecciones en Israel fueron robadas por partidos árabes que apoyan el terror y la eliminación del Estado judío, mediante graves delitos como sobornos, amenazas, violencia, falsificaciones y el uso de software ilegal para movilizar a los votantes", aseguró el partido en un comunicado.
Según la declaración, el Likud afirma sustentar sus acusaciones en "cientos de testimonios" y otras pruebas entregadas a la Policía y la agencia de inteligencia interna Shin Bet, como "miles de sobres con dinero en efectivo y papeletas del partido Ra’am, amenazas y actos de violencia contra miembros de las mesas electorales, la presencia de varias personas tras la mampara de votación, casos de doble voto, discrepancias entre el número de sobre y el de votantes, el uso de programas informáticos ilegales para la movilización de electores, entre otros aspectos".
Aunque desde el martes distintos funcionarios electorales han rechazado las acusaciones de fraude, la Comisión Electoral Central (CEC) aseguró haber recibido la solicitud del Likud y dijo que "la está examinando" como parte del "operativo de supervisión de la integridad electoral, tal como hace en cada proceso electoral".
La imagen final de la elección no se conocería hasta el fin de semana –cuando se terminen de contar los entre 430.000 y 480.000 votos de "doble sobre" correspondientes a soldados, presos, diplomáticos y otros israelíes que votaron en colegios distintos a los que tenían asignados– y los resultados finales serán publicados el 4 de noviembre.
Sin embargo, Netanyahu se enfrenta a una victoria agridulce. Su partido Likud es el más votado y su bloque ultra reúne un mayor número de escaños, pero queda lejos de la mayoría, con más de diez asientos menos que los obtenidos en 2022.
Así, y descartada cualquier colaboración con partidos árabes, sus posibilidades de formar un gobierno se ven reducidas a atraer apoyos puntuales de integrantes del bloque opositor –cuyo principal sostén es el rechazo a Netanyahu– o perseguir un 'gobierno de unidad' con los partidos opositores judíos de derecha, a costa de sus actuales aliados de extrema derecha y ultraortodoxos.
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Consultado sobre esa improbable apuesta para mantener a Netanyahu en el poder, el presidente estadounidense Donald Trump le aseguró al medio estadounidense 'Axios' que no había considerado la idea y que le echará "un vistazo".
Trump también volvió a arrogarse que su respaldo "marcó una gran diferencia para 'Bibi'" –el apodo del primer ministro israelí–, pasando de informes iniciales "alarmantes" a "una situación bastante buena ahora".
Mientras se prolonguen las negociaciones para formar una coalición, Netanyahu seguirá ejerciendo como primer ministro interino y podría respaldar reanudar los ataques en Irán para "terminar el trabajo", como ha señalado Trump, aunque nada de eso ocurriría al menos hasta que pasen las midterms en Estados Unidos.
Y un bloqueo político sin salida desembocaría en unos nuevos comicios en un plazo de seis meses, un escenario que Eisenkot tachó de "error" luego de haber atravesado un proceso electoral con una participación no vista desde 1999. Para Netanyahu, en cambio, podría ser favorable porque mantendría el poder en ese plazo y podría beneficiarse de una potencial caída en la participación (sobre todo entre los árabes) y una reorganización de los votantes de derecha.
Con Reuters, AP y medios locales

