¿Qué tan vulnerable sigue siendo el mundo ante una epidemia?

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Lynsey Addario / Gettyimages.ru

SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- La decisión de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de declarar una "emergencia de salud pública de importancia internacional" por un brote del virus Bundibugyo, una variante del ébola detectada en la República Democrática del Congo (RDC) y Uganda, ha vuelto a poner bajo la lupa la capacidad del sistema sanitario mundial para responder a amenazas infecciosas de alto riesgo.

La medida, considerada el máximo nivel de alerta sanitaria que puede emitir la OMS, busca movilizar recursos internacionales, fortalecer la vigilancia epidemiológica y coordinar esfuerzos para evitar que el brote se expanda más allá de las fronteras de los países afectados.

Sin embargo, para numerosos especialistas en salud pública, la preocupación actual trasciende al propio virus.

El brote ha reabierto un debate que parecía haber quedado pendiente tras la pandemia de covid-19: si el mundo fortaleció realmente sus sistemas de salud o si simplemente mejoró su capacidad tecnológica sin resolver las vulnerabilidades estructurales que favorecen la propagación de enfermedades.

Una enfermedad menos contagiosa, pero altamente letal

A diferencia del covid-19, que se transmite principalmente por vía aérea, el ébola requiere contacto directo con fluidos corporales de personas infectadas o fallecidas para propagarse.

Esa característica limita significativamente su capacidad de expansión masiva.

Sin embargo, la enfermedad mantiene una de las tasas de mortalidad más elevadas entre los virus conocidos.

La variante Bundibugyo ha mostrado tasas de letalidad inferiores a otras cepas históricas del ébola, pero sigue representando una amenaza grave para comunidades con acceso limitado a atención médica especializada.

La situación adquiere una complejidad adicional debido a que actualmente no existen vacunas ni tratamientos específicamente autorizados para esta variante en particular.

Esto obliga a que la estrategia de control dependa fundamentalmente de la identificación rápida de casos, el aislamiento de pacientes, el rastreo de contactos y la vigilancia epidemiológica intensiva.

Las lecciones que dejó el covid-19

Durante la pandemia de covid-19, gobiernos, organismos multilaterales y empresas farmacéuticas realizaron inversiones sin precedentes para desarrollar vacunas, sistemas de detección temprana y herramientas de vigilancia genética.

Sin embargo, diversos expertos sostienen que gran parte de esos esfuerzos se concentraron en la innovación tecnológica, mientras problemas más profundos permanecieron prácticamente intactos.

Entre ellos destacan los sistemas sanitarios débiles, la falta de personal médico, la pobreza estructural, los conflictos armados, la desigualdad y la desconfianza hacia las autoridades.

Análisis recientes citados por la revista especializada Foreign Policy señalan que muchos países continúan reaccionando ante las epidemias desde una lógica política o económica, priorizando la estabilidad institucional o la protección de determinados intereses antes que la transparencia informativa.

En varios casos, las alertas sanitarias llegan tarde o la información sobre brotes se comparte de forma incompleta, dificultando la respuesta internacional.

La fragilidad de la vigilancia epidemiológica

Uno de los aspectos que más preocupa a los expertos es que, pese a los avances tecnológicos alcanzados en los últimos años, la detección de brotes continúa dependiendo en gran medida de factores humanos.

El reciente brote de hantavirus y otros episodios epidemiológicos demostraron que muchas alertas siguen surgiendo gracias a médicos locales, investigadores y redes informales de intercambio de información.

Esto evidencia que los sistemas internacionales de vigilancia todavía presentan importantes limitaciones.

Algunos especialistas incluso cuestionan la eficacia de programas globales multimillonarios creados precisamente para anticipar futuras pandemias.

Según estos análisis, iniciativas que recibieron enormes inversiones durante las últimas dos décadas no lograron prever crisis sanitarias como la gripe H1N1, el virus Zika o el propio covid-19.

Cuando el contexto es tan peligroso como el virus

El actual brote presenta una característica especialmente preocupante: se desarrolla en una de las regiones más inestables del continente africano.

El este de la República Democrática del Congo ha estado marcado durante años por conflictos armados, desplazamientos masivos de población y violencia persistente.

En ese contexto, controlar una enfermedad infecciosa se vuelve considerablemente más complejo.

Organizaciones humanitarias y trabajadores sanitarios han advertido que en algunas zonas compartir información médica o epidemiológica puede convertirse incluso en un riesgo personal.

La presencia de grupos armados limita la movilidad de los equipos de salud, dificulta el acceso a comunidades afectadas y complica el seguimiento de posibles contagios.

Hospitales, centros de atención primaria y sistemas de abastecimiento de agua también han sufrido daños recurrentes debido a la violencia.

Cuando esto ocurre, las campañas de vacunación se interrumpen, los sistemas de vigilancia pierden capacidad operativa y las enfermedades encuentran condiciones ideales para propagarse entre poblaciones desplazadas.

Los países más vulnerables enfrentan los mayores riesgos

La historia reciente demuestra que la preocupación internacional suele aumentar cuando una enfermedad tiene potencial para afectar economías desarrolladas o generar interrupciones globales.

Por ello, muchos expertos sostienen que la atención mundial no siempre se concentra en los virus más letales, sino en aquellos con mayor capacidad de transmisión.

En contraste, enfermedades que afectan principalmente a regiones empobrecidas suelen recibir menos recursos y menor cobertura internacional.

El caso del actual brote de ébola vuelve a poner en evidencia esa realidad.

Los países con sistemas sanitarios más débiles enfrentan mayores dificultades para diagnosticar casos, aislar pacientes y mantener operativas las redes de atención médica durante una emergencia.

¿Está el mundo mejor preparado?

La respuesta no es sencilla.

Desde la pandemia de covid-19 existen más herramientas de vigilancia genética, mejores capacidades diagnósticas y una mayor conciencia sobre los riesgos sanitarios globales.

Sin embargo, muchos especialistas consideran que la verdadera preparación no depende únicamente de la tecnología.

La fortaleza de los hospitales, la disponibilidad de personal sanitario, la confianza de las comunidades, la estabilidad política y la capacidad de compartir información con transparencia continúan siendo elementos fundamentales para contener cualquier brote.

El avance del virus Bundibugyo en África central está recordando precisamente esa realidad.

Más allá del comportamiento biológico del virus, el éxito o fracaso de las labores de contención dependerá en gran medida de factores sociales, económicos y políticos que siguen sin resolverse en numerosas regiones del mundo.

Por ahora, las autoridades sanitarias internacionales mantienen una vigilancia estrecha sobre la evolución del brote mientras intentan evitar que una emergencia regional se convierta en una amenaza de mayor alcance.

Fuentes originales: Organización Mundial de la Salud (OMS), reportes sanitarios de la República Democrática del Congo y Uganda, y análisis publicados por la revista especializada Foreign Policy.