Una angustia que quedó asociada al verano: incendios que arrasan regiones enteras en todo el mundo, como ocurre desde hace algunos días en varias zonas francesas y en la región española de Madrid. Actos criminales, colillas de cigarrillo u otros accidentes: en Francia, el 90% de los incendios son de origen humano. Pero si la chispa es humana, la propagación de las llamas se explica por la sequedad de la vegetación, agravada por el cambio climático.
El número y la intensidad de los incendios forestales extremos, los más destructivos y los más contaminantes, se han más que duplicado en el mundo en los últimos veinte años.
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Franceses más escépticos
Francia fue golpeada por tres olas de calor en menos de dos meses. El suroeste del país sigue luchando contra dos focos de una magnitud poco común, en las Landas y en Gironda, mientras que Argelia, Túnez y España, que decretó el estado de emergencia, también enfrentan las llamas.
Detectado a comienzos de los años 2000, el impacto de las emisiones humanas sobre el cambio climático es hoy "inequívoco" para la comunidad científica.
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Según la Agencia de la Transición Ecológica (Ademe), un organismo público bajo tutela ministerial, cerca de un tercio de los franceses estaba convencido de lo contrario en 2024.
En Francia, 50.000 hectáreas ya se convirtieron en humo en 2026, tres veces más que en 2025 en el mismo período. ¿Marcará este año un punto de inflexión en la conciencia ecológica del país?
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Es cierto que, frente a los eventos climáticos extremos, "las poblaciones tienden a demandar más reformas", señala Mélusine Boon-Falleur, investigadora en ciencias cognitivas en Sciences-Po.
Pero la conmoción del público "no necesariamente se inscribe en la duración", continúa la autora de "Les pingouins ne sauveront pas la banquise" ("Los pingüinos no salvarán la banquisa", Ed. JC Lattès).
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A largo plazo, el estudio citado más arriba muestra incluso que cuanto más se descontrola el clima, más crece el climatoescepticismo.
El concepto remite a una postura que no niega el cambio climático, sino su vínculo con las actividades humanas. En Francia, esta negación casi se duplicó en unos veinte años: 29% en 2024, contra 15% en 2001, según la Ademe.
¿Por qué la lucidez retrocede a medida que el clima se desboca? La respuesta está en parte en nuestras neuronas: lejos de ser una máquina racional, el cerebro deforma la realidad a fuerza de sesgos.
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Sesgarse para mantener el ánimo
¿Su función? Proteger nuestro estado de ánimo. El sesgo rey, el sesgo de optimismo, permite minimizar una amenaza o estimar que golpeará a "los otros" o "un día, más adelante".
Esta distorsión podría explicar la negación climática "pura", que consiste en negar la existencia misma de un cambio climático, una posición sobreexpuesta en el debate en Francia en relación con su peso real, ya que solo concierne al 2% de la población en 2024, de acuerdo con la Ademe.
En el mismo registro, la creencia de que "en verano siempre hizo calor", a menudo acompañada de mapas que recuerdan lo ocurrido en 1976, año de una ola de calor histórica.
Ahí también opera un sesgo cognitivo, explica Mélusine Boon-Falleur: el sesgo de disponibilidad. Saturado de información y atrapado por lo espectacular, nuestro cerebro retiene los eventos más recordados, como 1976 y 2003, y deduce que "no hay nada nuevo".
"Nos acordamos muy fuerte de las grandes olas de calor, como la de 2003, y tenemos la impresión de que no es la primera vez. Pero percibimos menos las consecuencias más difusas, y por lo tanto nos damos menos cuenta de que lo que vivimos es realmente único".
Pero la postura mucho más extendida, el climatoescepticismo, que solo niega el impacto humano sobre el clima, también responde a un sesgo cognitivo: el "razonamiento motivado".
Porque reconocer el desajuste climático y al mismo tiempo rechazar el consenso científico sobre su origen antrópico libera del peso de la responsabilidad individual, como lo analizan investigadores de la Universidad de Sherbrooke, en Quebec.
El climatoescepticismo "suave" conduce así al mismo resultado que la negación pura: la inacción.
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Cuando el catastrofismo agrava la inacción
Y esta inacción es también la respuesta cognitiva a la desesperanza, analiza Mélusine Boon-Falleur.
"Si tenemos el sentimiento de no poder resolver individual o colectivamente un problema, para nuestro cerebro 'no sirve de nada' 'desperdiciar recursos cognitivos' para intentar resolver una amenaza considerada irreversible. Y de hecho, una parte de la población juzgará que es mejor ignorarla".
Y este sesgo, el sentimiento de ausencia de control (de impotencia), explica según ella una paradoja: al transmitir la idea de que "es demasiado tarde", ciertos discursos catastrofistas pueden tener el efecto inverso al buscado y terminar por "desmovilizar".
Más aún si la mente rechaza al autor de la alerta. Para dar crédito a una información, nuestro cerebro también evalúa a quien la transmite, explica Mélusine Boon-Falleur: ¿es competente, digno de confianza, comparte mis valores? "Si el mensajero no es considerado digno de confianza, incluso un contenido sólido puede quedar en el olvido".
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Ahora bien, en un país como Francia, los funcionarios electos de derecha son claramente más climatoescépticos que el resto de sus colegas, señala la Fundación Jean-Jaurès (presidida por Jean-Marc Ayrault, ex primer ministro socialista), citando un estudio de 2020: el 44% de ellos afirmaba que "los científicos exageran los riesgos del cambio climático", contra el 5% en la izquierda.
¿La solución? Variar los portavoces. "Los bomberos, la Policía, el Ejército están muy expuestos al cambio climático y pueden servir de relevos de confianza ante públicos que se reconocen mejor en estas instituciones", propone la investigadora.
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Neuronas, lobby y dólares
Las explicaciones neuronales de la inacción climática se inscriben en una cierta fascinación por las neurociencias, el deseo de abrir la caja negra de nuestro cerebro. "Estamos interesados en nuestro funcionamiento", constataba el neurocientífico Albert Moukheibeir en una entrevista con France 24.
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Pero el enfoque "todo cerebro" es acusado de eludir la dimensión sistémica de la inacción climática. En abril de 2024, Donald Trump reunió a una veintena de directivos petroleros en Mar-a-Lago y les pidió mil millones de dólares para su campaña presidencial, a cambio de la promesa explícita de desmantelar las regulaciones ambientales.
Los industriales de los hidrocarburos terminaron inyectando cerca de 219 millones de dólares para devolver el poder al bando republicano en Washington. Con éxito: la negación climática es también una cuestión de dólares, y de lobby.
Este artículo es una adaptación de su versión original en francés.
