Fue un raro momento de alegría en medio de la epidemia de ébola: el 16 de junio de 2026, profesionales de la salud se pusieron a cantar y bailar para celebrar el tratamiento exitoso de tres pacientes de ébola en el hospital general de Mongbwalu, en el este de la República Democrática del Congo (RDC).
Los trabajadores de la salud lucen amplias sonrisas, visibles ahora que ya no tienen que usar mascarillas, mientras forman un círculo festivo en torno a un hombre, una mujer y un niño que recibieron autorización para dejar el hospital.
Resulta aún más significativo para el personal de salud porque la mujer, Florance, es su colega: es la contadora del hospital. Florance contrajo el virus mientras manipulaba los cuerpos de pacientes fallecidos, que siguen siendo contagiosos incluso después de la muerte. El médico del hospital, Héritier Masudi, explicó:
"Florance pasaba mucho tiempo con los pacientes. Una de sus hermanas también se había contagiado de la enfermedad y murió en nuestro hospital. Florance no esperó a que aparecieran los síntomas; buscó tratamiento de inmediato".
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El tratamiento y la recuperación de 14 pacientes en Mongbwalu representan un pequeño respiro de esperanza para los equipos que llevan adelante la respuesta, que apenas ahora comienza a tomar forma.
Pero los profesionales de la salud y los trabajadores humanitarios señalan que la situación sigue siendo grave en las 34 zonas afectadas, más de un mes después de que la epidemia fuera declarada oficialmente el 17 de mayo. Se han confirmado más de 1.000 casos.
"Es como si estuviéramos ciegos"
El doctor Guyguy Manangama, epidemiólogo y subdirector de operaciones de la organización médica francesa Médicos Sin Fronteras (MSF), ha estado monitoreando la respuesta a la epidemia. Aunque tiene su base en Francia, ha viajado con frecuencia a la RDC:
"No tenemos una idea clara de cómo se han distribuido los casos. Es como si estuviéramos ciegos. Sí, las estadísticas del 15 de junio muestran que ha habido alrededor de 837 casos confirmados y 196 muertes en 34 zonas de toda la RDC (N. del E.: las cifras han aumentado desde entonces a 1.155 casos confirmados, incluidas 304 muertes). Sin embargo, no todas las personas que murieron en las últimas semanas fueron sometidas a pruebas: algunas pueden haber muerto de ébola o quizás de malaria u otra infección. También hay muchos casos en zonas a las que no podemos llegar por razones de seguridad: en las comunidades mineras, por ejemplo, donde mucha gente cruza las fronteras de un lado a otro".
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La epidemia fue declarada oficialmente por el gobierno congoleño y la Organización Mundial de la Salud (OMS) a mediados de mayo de 2026, pero el doctor Manangama dice que la alerta se había recibido a comienzos del mes:
"Estamos muy atrasados porque la epidemia se declaró el 17 de mayo y la investigación se lanzó después. La OMS recibió la alerta alrededor del 5 de mayo. Sabemos que hubo casos registrados mucho antes, en abril, quizás incluso a comienzos de abril. No sabemos cuándo se produjo el caso índice (N. del E.: el paciente cero, el primer caso identificado en una epidemia). Estamos muy atrasados en esta epidemia. Sobre todo porque evoluciona con rapidez. Y sabemos que 36 zonas en dos países, Uganda y la RDC, se han visto afectadas."
"Instalamos infraestructura para las visitas familiares"
Mientras tanto, en Mongbwalu, el doctor Masudi dice que, a pesar de todo, la situación se está estabilizando ahora que ha llegado la ayuda humanitaria de la mano de oenegés como MSF. El 3 de junio también llegaron trabajadores y equipos del Instituto Nacional de Investigación Biomédica (INRB), el laboratorio de investigación del Ministerio de Salud de la RDC. Ahora, Masudi y su equipo pueden detectar casos con mayor rapidez:
"Antes era difícil porque las muestras se enviaban a la ciudad, a veces a Bunia o tan lejos como la capital (N. del E.: Kinshasa). Y entonces algunos pacientes asintomáticos abandonaban el centro porque a veces había que esperar hasta dos semanas por los resultados. Pero desde que el INRB instaló un laboratorio aquí, ya no tenemos ese problema".
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La atención a los pacientes de ébola también ha evolucionado desde la epidemia de 2014. El doctor Manangama dice que tanto el desarrollo de tratamientos con anticuerpos monoclonales como los cambios en la forma en que se gestionan los centros de tratamiento son importantes.
"En 2014, los centros de tratamiento del ébola estaban completamente cerrados. Las únicas personas que los pacientes veían entrar en esas estructuras eran los profesionales de la salud. Llevaban trajes que cubrían todo el cuerpo y que los hacían parecer venidos del espacio exterior. Era aterrador para los pacientes. Por eso reformulamos nuestra estrategia. Ahora hicimos que los pacientes dentro del centro de tratamiento puedan ser vistos desde afuera. También instalamos corredores completamente protegidos, infraestructura para las visitas familiares".
Objetos punzantes
Pero el doctor Manangama afirma que una parte de la respuesta sigue muy rezagada: el rastreo de contactos, es decir, la identificación de toda persona que haya estado en contacto con alguien enfermo.
En este momento, estamos rastreando alrededor del 40% de los contactos, pero necesitaremos estar entre el 90% y el 95% para controlar la epidemia. Si no tenemos cuidado, podríamos alcanzar cifras récord de casos.
Sobre el terreno, el doctor Héritier Masudi dice que los equipos médicos también carecen de algunos insumos básicos. El hospital no cuenta con un banco de sangre. Los pocos donantes que tienen lo hacen de manera voluntaria. También les faltan electrolitos, sales minerales esenciales para el funcionamiento de las células, los músculos y el corazón, todos debilitados por los vómitos y la diarrea que sufren los pacientes de ébola.
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Junto con estas dificultades médicas, el personal también se enfrenta a la hostilidad persistente de una parte de la población, sobre todo cuando intenta hospitalizar a casos sospechosos.
"Cuando estamos sobre el terreno, a veces la gente nos echa, blandiendo objetos punzantes", dice el médico. "Algunas aldeas ni siquiera quieren ver los vehículos de las organizaciones humanitarias".
"Algunos creen que la enfermedad es parte de operaciones de tráfico de órganos"
El mayor obstáculo para contener el brote es, quizás, la desconfianza de la población. Miel Kaghulalo, activista del movimiento ciudadano Lucha, tiene su base en Bunia, pero viaja con regularidad a Mongbwalu. Dice que circula la paranoia en las comunidades afectadas.
"He visto que la gente tiene dudas sobre el origen de la enfermedad. Se preguntan si realmente es ébola lo que están viendo (en Internet o en las noticias) o si son imágenes manipuladas. Algunos creen que la enfermedad es de algún modo una artimaña de los traficantes de órganos. Pero nuestra organización ha constatado que realmente se trata de un brote de ébola".
Esta desconfianza inquieta se agudiza en torno a los entierros, sobre todo los que llevan a cabo los profesionales de la salud por razones sanitarias y de seguridad, siguiendo un procedimiento considerado "seguro y digno". Kaghulalo explica:
"A la gente le cuesta aceptar que sus seres queridos sean enterrados por desconocidos en condiciones que nunca antes habían visto. Es como si de repente, de la nada, un ser querido falleciera y a uno le dijeran que no puede tocar su cuerpo".
A comienzos de junio se perpetraron ataques contra un centro de tratamiento en Rwampara y otro en Mongbwalu.
La respuesta a este problema, dice Guyguy Manangama, debe involucrar a la comunidad. Implica trabajar con líderes locales y curanderos tradicionales, además de apoyarse en los pacientes tratados con éxito, que se convierten en los mejores voceros de la respuesta:
"Los pacientes que regresan a las comunidades son nuestros embajadores. Pueden hablar de la calidad de la atención que recibieron, para ayudarnos a disipar todos los rumores".
Este artículo fue adaptado de su versión original en inglés.

