En La Guaira y Caracas, miles de familias llevan casi dos semanas viviendo en carpas. Algunas son demasiado pequeñas para quienes las ocupan; otras no están impermeabilizadas, por lo que no protegen de la lluvia. Cuando los colchones y la ropa se mojan, no siempre hay forma de secarlos. Cuando sale el sol, el calor hace difícil permanecer dentro.
Los efectos de los sismos de 7.2 y 7.5, ocurridos el pasado 24 de junio en Venezuela, siguen presentes en la vida diaria de las familias: en el miedo a dormir, en la pérdida de rutinas y en el riesgo de enfermar debido a las condiciones climáticas y sanitarias.
“Tenemos muchas familias que nos cuentan que lo han perdido todo, que han perdido familiares, que han perdido casas y viven con mucha incertidumbre sobre qué va a ser de ellos, sobre si van a poder volver a sus edificios o cómo van a afrontar los próximos meses”, dice Arantxa Oses, subdirectora interina de Save the Children en Venezuela, en entrevista con WIRED en Español.
De acuerdo con UNICEF, más de 680,000 niñas, niños y adolescentes en Venezuela se encuentran en situación de vulnerabilidad. Para Save the Children, los riesgos son mayores durante la infancia, sobre todo cuando faltan agua, higiene, atención médica y condiciones seguras.
Según cifras oficiales compartidas hasta el momento de publicar esta nota, al menos 3,685 personas fallecieron por los terremotos, casi 190 edificios colapsaron y otros 856 quedaron dañados. Además, más de 16,000 personas se quedaron sin hogar, por lo que han tenido que permanecer en asentamientos improvisados.
Refugios precarios y riesgo de enfermedades
Las condiciones en algunos refugios han empezado a incrementar los riesgos para la salud. “Miles de personas llevan ya casi 12 días viviendo en tiendas de campaña, en carpas, sin acceso regular a agua potable ni a instalaciones de saneamiento, y esto aumenta el riesgo de infecciones cutáneas, de diarreas o de enfermedades gastrointestinales”, señala Oses.
La falta de baños, agua limpia y espacios para lavarse las manos también ha encendido las alertas. En un contexto de hacinamiento, las malas condiciones sanitarias pueden acelerar la propagación de enfermedades. Para niñas y adolescentes, además, la emergencia implica enfrentar la menstruación sin privacidad suficiente ni condiciones mínimas de higiene.
La falta de privacidad en los refugios también aumenta los riesgos para niñas y adolescentes. La ONG Plan International advierte que, en algunos albergues, las familias comparten áreas comunes sin una separación adecuada y, en muchos casos, no hay baños diferenciados por sexo.


