Vivir con una probabilidad de enfermar: el efecto psicológico de la medicina predictiva

Paylaş

Bu Yazıyı Paylaş

veya linki kopyala

Articulos 182476 1200x675

MADRID, ESPAÑA/ DIARIO DE SALUD. — Conocer hoy que dentro de diez, veinte o treinta años existe una probabilidad elevada de desarrollar una enfermedad grave ya no es una hipótesis futurista.

Los modelos predictivos basados en grandes volúmenes de datos y en inteligencia artificial empiezan a ofrecer escenarios de riesgo que, aunque no son diagnósticos, pueden influir de forma profunda en la manera en que una persona se percibe, planifica su vida y toma decisiones. 

La pregunta ya no es solo si estas herramientas funcionan, sino qué ocurre en la mente de quien recibe esa información.

Según explica Manuel Armayones, catedrático de diseño del comportamiento en el UOC eHealth Centre de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), en una entrevista concedida a ConSalud.es, el impacto psicológico de estas predicciones es ambivalente y depende en gran medida de cómo, cuándo y a quién se comunican. “En algunos casos podría generar un aumento de ansiedad anticipatoria, preocupación crónica y cambios en la autoimagen, al empezar a verse como ‘persona en riesgo’ incluso estando asintomática”, señala.

Ese cambio de autoimagen no es menor. El Dr. Armayones advierte de que verse a uno mismo como “persona en riesgo” puede acabar influyendo en decisiones vitales importantes. “Podría afectar a los planes de vida que esté llevando a cabo, o planificando una persona que es posible que cambie o adapte por tener una probabilidad alta de desarrollar alguna enfermedad”, apunta, subrayando que algunas de esas decisiones pueden ser positivas, pero otras no necesariamente.

Al mismo tiempo, el experto reconoce que este tipo de información también puede activar procesos de afrontamiento saludables. “Por otro lado, también puede activar procesos de afrontamiento positivos, como la búsqueda de información, planificación vital y cambios de estilo de vida, especialmente si la comunicación es clara y acompañada de apoyo profesional”, afirma. El problema surge cuando la probabilidad se transmite sin contexto, sin acompañamiento y sin margen de acción claro.

En este sentido, el Dr. Armayones insiste en que el impacto “dependerá siempre de cómo se haga”. Y plantea preguntas clave: “¿Querrá la persona saberlo? ¿Querrá saber siquiera que esa información puede obtenerse con el miedo consiguiente a que alguien pueda acceder a ella?”. Para el psicólogo, el desarrollo de aplicaciones basadas en inteligencia artificial generativa, especialmente las verticales en salud, deberá afrontar estas cuestiones de forma explícita. 

El riesgo de generar alarmas infundadas es uno de los puntos que más le preocupan. “Aplicaciones como ChatGPT Salud igual tienen que evaluarse en cuanto a su capacidad de generar alarmas infundadas, porque según cómo se presente una ‘probabilidad’ o incluso la falta de competencias y alfabetización sobre estos temas puede generar más perjuicio que beneficio”, advierte.

RIESGO O CERTEZA 

Uno de los grandes retos es la dificultad de la población general para diferenciar entre riesgo y certeza. “En la población general es frecuente la confusión entre riesgo y certeza, y la tendencia a interpretar porcentajes como etiquetas identitarias del tipo ‘voy a desarrollar esta enfermedad’”, explica el Dr. Armayones. A ello se suma “el sesgo de catastrofismo y la baja alfabetización estadística”, que favorecen que una probabilidad elevada se viva como una sentencia inevitable. 

Además, incluso cuando se habla estrictamente de probabilidades, la carga emocional es enorme. “Que a alguien le digan que tiene una probabilidad media o alta de sufrir un problema de salud potencialmente mortal realmente puede generarle ansiedad”, subraya. Esa ansiedad puede traducirse en hipervigilancia corporal, interpretación catastrofista de síntomas leves o una vivencia prolongada de estar “en modo paciente”.

Para el Dr. Armayones, la clave está en acompañar la información de acciones concretas. “Dar una probabilidad sin que venga acompañada de acciones que puedo hacer para ‘reducirla’ me parece contraproducente”, afirma. “Este tipo de datos puede favorecer conductas preventivas cuando la persona percibe que tiene margen de acción claro, recibe recomendaciones específicas y siente autoeficacia para cambiar hábitos”, añade.

EL IMPACTO DE LA INCERTIDUMBRE 

El impacto psicológico se intensifica especialmente cuando se trata de enfermedades con una alta carga emocional, como el cáncer o la demencia. En estos casos, “es frecuente que aparezcan miedo intenso al futuro, rumiación sobre el deterioro, preocupación por la carga a la familia y anticipación del sufrimiento, incluso años antes de cualquier signo clínico”. 

El Dr. Armayones advierte de una paradoja especialmente dura: “Se podría dar la paradoja que intentando evitar la pérdida de calidad de vida quizás a veinte años se provoque que la persona se pase veinte años angustiada observándose continuamente para ver si aparecen los síntomas y signos de una enfermedad que igual ni aparece”.

Ante este escenario, los investigadores empiezan a plantear la necesidad de evaluar el bienestar subjetivo de quienes reciben información predictiva. Desde la psicología, el Dr. Armayones considera clave medir variables como “niveles de ansiedad, depresión, estrés percibido, calidad de vida relacionada con la salud y miedo específico a la enfermedad”. A nivel conductual, propone analizar la adherencia a hábitos saludables, el uso de servicios sanitarios y posibles conductas de evitación o de búsqueda compulsiva de información.

Otro dato a tener en cuenta es que no todas las personas responden igual. El catedrático señala perfiles especialmente vulnerables, como quienes presentan “alta ansiedad rasgo”, antecedentes de trastornos de ansiedad o depresión, hipocondría o somatización. También señala a las personas con baja red de apoyo social, rasgos obsesivos o fuerte intolerancia a la incertidumbre, que pueden interpretar la predicción de forma rígida y paralizante.

UN RETO PARA EL ACOMPAÑAMIENTO PROFESIONAL 

En este contexto, el Dr. Armayones defiende un papel activo de los profesionales de la psicología dentro de los equipos clínicos que utilicen IA predictiva. “Pueden diseñar protocolos de comunicación del riesgo que contemplen preparación previa, explicación guiada y seguimiento emocional, evitando tanto el alarmismo como la trivialización”, explica. Y añade la importancia de ofrecer “salidas comportamentales”, es decir, “cosas que puedo hacer”. 

El experto va incluso más allá y plantea un posible cambio de paradigma en el asociacionismo sanitario, con colectivos de personas con alto riesgo de determinadas enfermedades. “Sé que parece ciencia ficción, pero también nos lo parecía que se pudieran llegar a ofrecer datos sobre la probabilidad de desarrollar una enfermedad”, reflexiona.

En este punto (del análisis y de los avances tecnológicos), el Dr. Armayones subraya la necesidad de una alfabetización específica en IA y en probabilidades de riesgo desde la salud pública, así como de marcos éticos y de consentimiento informado que incluyan el derecho a no saber. Y lanza una pregunta tan simple como incómoda: “¿Cambiaríamos algo si nos dicen que tenemos altas probabilidades de sufrir un infarto, un ictus o un cáncer en los próximos cinco años?”. La respuesta, concluye, demuestra hasta qué punto estas tecnologías ya están influyendo en nuestro comportamiento.