Las computadoras biológicas prometen resolver algunas de las limitaciones de procesamiento y consumo energético que presentan los chips de silicio empleados actualmente en los modelos de inteligencia artificial (IA) de última generación. Sin embargo, existe un cuestionamiento ético que ha sido poco explorado: ¿qué tan conscientes y de acuerdo están los donantes humanos con que sus células sean utilizadas para crear equipos computacionales, posiblemente con fines comerciales?
El año pasado se lanzó la primera computadora biológica comercial del mundo bajo el nombre de CL1. Se trata de un dispositivo capaz de procesar información con neuronas reales cultivadas a partir de células madre humanas. Desde entonces, diversas universidades, centros de investigación y compañías han desarrollado unidades similares con la esperanza de encontrar alternativas que permitan superar las limitaciones físicas del hardware informático existente.
Esta tecnología se conoce como inteligencia organoide y, en términos generales, explora distintas alternativas para desarrollar equipos computacionales impulsados por organoides, pequeñas estructuras tridimensionales cultivadas en laboratorio a partir de células madre y capaces de procesar señales mediante redes neuronales.
El objetivo es aprovechar las capacidades naturales de almacenamiento y procesamiento del cerebro para desarrollar computadoras más eficaces. En los seres humanos, este órgano puede almacenar alrededor de 2.5 petabytes de información y establecer conexiones complejas en menos tiempo que algunos de los equipos más poderosos en la actualidad. Todo esto ocurre mientras consume mucha menos energía que un ordenador convencional y sin requerir complejos sistemas de refrigeración.
Pese a estos beneficios, la ética en torno a esta tecnología ha sido duramente cuestionada. Los críticos señalan que, al utilizar neuronas humanas, no está claro si una biocomputadora debe entenderse únicamente como una máquina o como un sistema parcialmente vivo. También advierten que los tejidos cerebrales utilizados podrían desarrollar cierto tipo de sensibilidad, conciencia o capacidad de experimentar sufrimiento.
Además, se discute la posibilidad de que la combinación de biología e informática genere sistemas con comportamientos difíciles de predecir o, en el futuro, organismos capaces de replicarse o evolucionar. Y preocupa que la normalización de estas tecnologías pueda degradar la dignidad de la vida humana al tratar partes del cerebro como simples componentes de hardware comercial.
Biocomputadoras ¿sin ética?
Un nuevo artículo publicado en Nature señala que la falta de consentimiento explícito para utilizar tejido neural humano en biocomputación es un aspecto poco discutido, a pesar de ser fundamental para garantizar el avance responsable de esta tecnología.
Los organoides empleados en las biocomputadoras se construyen a partir de células madre pluripotentes, capaces de cultivarse de manera indefinida en el laboratorio y de utilizarse en diversos experimentos. Estas células suelen provenir de embriones o de células adultas donadas por pacientes que, en muchos casos, participan en tratamientos médicos experimentales.
Los autores del artículo señalan que una de las principales preocupaciones es que los mecanismos de autorización para utilizar estas células o muestras donadas son ambiguos y suelen omitir detalles sobre los posibles usos futuros de los tejidos cerebrales.
Según los investigadores, cuando una persona dona tejido para una investigación biomédica, se le suele preguntar si sus muestras biológicas pueden almacenarse en biobancos para emplearse en estudios posteriores. Esta opción, conocida como consentimiento abierto, advierte a los donantes que no existe certeza sobre el uso que sus muestras tendrán en el futuro. Sin embargo, también garantiza que cualquier posible aplicación sea revisada por comités de supervisión para asegurar que el material sea utilizado en estudios científicamente justificados.

