Durante casi 60 horas, una niña de seis años permaneció atrapada debajo de una montaña de barro, piedras, maderas y chapas en Timure, una de las localidades del norte de Nepal arrasadas por las inundaciones. Este sábado 29 de agosto, cuando las posibilidades de encontrar sobrevivientes se reducían cada vez más, los rescatistas lograron llegar hasta ella.
El operativo no fue para nada sencillo. Debieron abrirse paso a mano entre los restos que había acumulado la corriente hasta encontrar un hueco estrecho entre los escombros. De allí salió la niña, en brazos de varios agentes, inmóvil y aparentemente inconsciente. La imagen duró apenas unos segundos y se temió lo peor.
Pero luego llegaron imágenes positivas. La pequeña estaba despierta, abrigada y comiendo en un puesto de seguridad próximo a Timure. Había sobrevivido.
En un país que desde el miércoles acumula muertos y desaparecidos, el rescate ofreció una de las pocas buenas noticias de las últimas horas. También mostró hasta qué punto la búsqueda se convirtió en una carrera contra el tiempo.
Mientras en Timure sacaban con vida a la niña, en otra zona del mismo distrito de Rasuwa decenas de soldados y policías intentaban abrirse paso hacia un túnel donde más de 100 personas llevan tres días atrapadas.
Son las dos caras que muestra Nepal: la esperanza de que todavía quede alguien con vida bajo los escombros y la sensación de que la tragedia todavía está lejos de terminar.
Los últimos recuentos elevan a 682 los muertos entre Nepal y el vecino Tíbet, 675 de ellos en territorio nepalí, mientras cerca de 3.000 personas siguen sin ser localizadas.
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Entre los desaparecidos hay cientos de extranjeros y 933 trabajadores vinculados a proyectos hidroeléctricos situados a lo largo de los ríos golpeados por la riada.
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Bajo tierra
En el proyecto hidroeléctrico Trishuli 3A, en Rasuwa, 82 militares y policías trabajaban este sábado para despejar la entrada de un túnel bloqueada por el barro y enormes rocas.
Las fotografías difundidas por la oficina del primer ministro muestran a los equipos avanzando por un terreno convertido en una masa de lodo, entre bloques de piedra.
Los equipos utilizan perforadoras y otra maquinaria para intentar localizar y despejar la parte exterior del túnel. La lluvia y el mal tiempo hicieron aún más difícil una operación que las autoridades describen como "extremadamente desafiante".
Sin embargo, hay un antecedente que mantiene viva la esperanza: el Ejército ya consiguió sacar a unas 350 personas de ese mismo lugar en condiciones que calificó de "extremadamente riesgosas". Pero más de 100 continúan atrapadas.
Nepal pidió ayuda a India, que envió un equipo especializado en rescates en túneles. El país vecino tiene experiencia en este tipo de operaciones en el Himalaya, incluso con los llamados mineros "rat-hole", acostumbrados a avanzar por espacios tan estrechos que muchas veces no permiten el paso de maquinaria pesada.
Pero el problema va mucho más allá de un solo túnel. Las inundaciones golpearon varios proyectos hidroeléctricos y dejaron entradas bloqueadas, instalaciones dañadas y trabajadores incomunicados. En total, 933 empleados de esas centrales se encuentran desaparecidos.
Sobre la superficie, la búsqueda tampoco es fácil. Después de tres días, las capas de barro, piedras y restos de viviendas comienzan a secarse y compactarse. Los rescatistas tienen que retirar el material lentamente, mientras cada hora que pasa reduce las posibilidades de encontrar gente con vida.
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Timure es una muestra de lo que dejó el agua. La localidad, próxima a la frontera con China, es una de las más golpeadas. La corriente arrasó viviendas, comercios e infraestructura a lo largo del corredor del Bhotekoshi y el Trishuli. A algunos lugares todavía solo se puede acceder en helicóptero. En otros, los equipos encuentran cuerpos que fueron arrastrados río abajo, a kilómetros del lugar donde desaparecieron.
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Esperar un nombre
Para las familias, la búsqueda funciona de otra manera. En una base militar de Bidur, algunos se acercaban este sábado a las listas de rescatados pegadas en una pared y recorrían los nombres uno por uno.
Kalka Sharda buscaba a su hijo de 18 años, empleado en una planta hidroeléctrica. Su nombre no estaba.
Samjhana Thing llevaba tres días sin noticias de su hermano. "No sabemos nada. Ojalá esté en un lugar seguro", dijo a la AFP.
Esa espera se repite en las zonas afectadas. Kawan Koirala, miembro del Nepal Scout Disaster Response Team, llevaba 18 horas trabajando entre el barro. Contó que las piernas de los rescatistas se hunden mientras avanzan y que muchas familias ya solo piden recuperar a los suyos, vivos o muertos. A veces, ni siquiera eso es posible.
La catástrofe atraviesa así dos momentos. Mientras equipos continúan buscando sobrevivientes, perforando túneles y removiendo escombros, las autoridades también empezaron a tomar muestras de ADN de cadáveres que ya no pueden ser reconocidos antes de enterrarlos. Nepal solicitó asistencia internacional para esa tarea y para conservar e identificar los cuerpos.
Todo comenzó el miércoles 26 de agosto, cuando el colapso de una masa glaciar en la zona fronteriza entre Nepal y el Tíbet desencadenó un torrente de agua, hielo, barro y rocas que descendió por los valles y arrasó pueblos, centrales hidroeléctricas, carreteras y puentes.
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Más de 90.000 personas se vieron afectadas, según la Cruz Roja. El gobierno ya calcula que reconstruir lo destruido podría costar entre 4.000 y 5.000 millones de dólares.
Pero en Timure y Rasuwa todavía no se habla de reconstrucción. Allí la urgencia sigue siendo otra: encontrar a quienes faltan.
Con EFE, AFP, Reuters y medios locales
