Una nueva investigación ha demostrado por primera vez cómo el declive de las abejas y otros insectos polinizadores está contribuyendo ya a la inseguridad alimentaria en varias regiones del mundo, a través de la pérdida directa de nutrientes esenciales y la caída de los ingresos de las poblaciones más vulnerables.
Los autores sostienen que los datos marcan un punto en la comprensión de la crisis climática porque la llevan del plano teórico de los modelos computacionales al de la realidad: los platos que llegan cada día a las mesas de miles de millones de personas ya no son tan nutritivos, los bienes de consumo se están convirtiendo en artículos de lujo y los bolsillos de todos están cada vez más vacíos. El estudio, publicado en la revista Nature, fue realizado por un equipo internacional de la Universidad de Bristol.
El apocalipsis de los insectos
Durante décadas, la comunidad científica ha observado con preocupación el llamado "apocalipsis de los insectos" es decir, una disminución de la biomasa de estos animales a escala mundial que, según algunas estimaciones, alcanza el 1% cada año.
Los insectos son responsables de la polinización tanto de las especies silvestres como de alrededor del 75% de las especies cultivadas del mundo, y su declive es perjudicial para la salud de los ecosistemas naturales y la actividad agrícola. En 2019, la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas advirtió de que la pérdida de biodiversidad avanza a un ritmo sin precedentes, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria mundial. Actualmente, aproximadamente una cuarta parte de la población mundial padece lo que los expertos denominan "hambre oculta", una deficiencia crónica de vitaminas y minerales que, si bien no se manifiesta como una falta de calorías, socava profundamente la resiliencia y la salud a largo plazo.
Qué dice el estudio
Sin embargo, aislar y medir con precisión el vínculo causal entre la pérdida de biodiversidad y los resultados en la salud humana siempre ha sido extremadamente difícil. Para intentar trazar este mapa de conexión, los investigadores eligieron 10 aldeas agrícolas en el distrito de Jumla, en Nepal, una zona remota donde el 80% de la población depende directamente de la agricultura de subsistencia. Dado que la mayor parte de los alimentos consumidos se producen localmente, los científicos argumentan que el distrito de Jumla es un laboratorio al aire libre ideal para aislar el impacto de la biodiversidad en la vida humana.
Durante todo un año, el equipo monitoreó a 776 personas, recopilando más de 15,000 encuestas sobre alimentos y registrando casi 11,000 interacciones planta-insecto; también observaron a los polinizadores cada dos semanas para identificar qué especies visitaban qué cultivos y en qué cantidad. Este enfoque les permitió rastrear toda la cadena, desde el polen transportado por una sola abeja hasta el nutriente ingerido por un niño durante una comida. Al cruzar datos ecológicos con estadísticas locales sobre desnutrición, los investigadores crearon un mapa detallado de cómo la escasez de abejas y otros insectos afecta la composición bioquímica de las comidas consumidas por las familias.
Los datos de la investigación son sorprendentes y muestran lo profunda que es nuestra dependencia de los insectos. Se calculó que los polinizadores son responsables directos del 44% de los ingresos agrícolas de los hogares estudiados y contribuyen en más del 20% a la ingesta de nutrientes clave como la vitamina A, la vitamina E y vitamina B9 (ácido fólico). Mientras que los macronutrientes, como las grasas y los hidratos de carbono, suelen proceder de productos importados como el arroz o el aceite vegetal, los micronutrientes esenciales dependen casi exclusivamente de los cultivos locales que requieren polinización, como las habichuelas, las manzanas, la mostaza y la calabaza. Cuando la población de insectos disminuye, el rendimiento de estos cultivos se desploma, lo que provoca una reducción inmediata tanto de los ingresos de los agricultores como de la calidad de su dieta, en un círculo vicioso de pobreza y malnutrición.
Los problemas de hoy, son el riesgo de mañana
Según los investigadores, el impacto clínico de esta crisis ya es visible en las generaciones más jóvenes. Más de la mitad de los niños participantes en el estudio tienen una estatura inferior a la normal para su edad, un retraso del crecimiento causado en gran parte por dietas pobres en frutas, verduras y legumbres, es decir, aquellas variedades de alimentos que dependen de la polinización.
Si las tendencias actuales se mantienen sin medidas correctoras, los investigadores predicen que para 2030 los habitantes de estas zonas perderán un 7% adicional de su ingesta de vitamina A y B9, lo que aumentará su riesgo de ceguera nocturna, defectos congénitos y mayor vulnerabilidad a las enfermedades infecciosas.

