“El tabaco es devastador para el Crohn”: la especialista que ha visto transformar una enfermedad antes marcada por cirugías y desnutrición

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© Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia

SANTO DOMINGO, RD/ DIARIO DE SALUD.- Durante décadas, recibir un diagnóstico de enfermedad inflamatoria intestinal significaba convivir con dolor crónico, desnutrición, hospitalizaciones frecuentes y, en muchos casos, cirugías irreversibles. La gastroenteróloga española Pilar Nos recuerda perfectamente aquella etapa.

“Vengo de una época en la que los pacientes tardaban años en saber qué tenían”, explica la especialista, jefa del servicio de Medicina Digestiva del Hospital Universitari i Politècnic La Fe y directora científica de su instituto de investigación.

Ahora el panorama es radicalmente distinto

“Es un privilegio haber visto esta revolución terapéutica”, afirmó Nos durante su participación en el programa sanitario “Pontevedra, quen pasa? 6 expertos en saúde, 6 meses”, celebrado en Galicia.

La especialista centra gran parte de su trabajo en dos patologías que, aunque diferentes, comparten un elemento común: una respuesta inmunológica alterada que lleva al organismo a atacar su propio intestino. La primera es la enfermedad de Crohn; la segunda, la colitis ulcerosa.

Según explicó Nos, el Crohn puede afectar desde la boca hasta el ano, aunque suele localizarse en el tramo final del intestino delgado. La inflamación atraviesa todas las capas intestinales y puede provocar fístulas, abscesos y daño irreversible.

La colitis ulcerosa, en cambio, se limita al colon y afecta principalmente la mucosa intestinal.

“Hoy entendemos estas enfermedades como el resultado de una interacción compleja entre genética, microbiota, inmunidad y ambiente”, explicó la especialista.

Uno de los factores ambientales más contundentes, sostiene, es el tabaco.

“El fumador tiene mucho más riesgo de desarrollar enfermedad de Crohn. Además, el tabaco empeora la evolución, aumenta las recaídas y eleva la necesidad de cirugía”, señaló.

La médica explicó que investigaciones realizadas en familiares de pacientes demostraron que fumar incrementa significativamente el riesgo de desarrollar la enfermedad cuando existe predisposición genética.

Nos también destacó el papel de la microbiota intestinal, el ecosistema de bacterias, virus y microorganismos que habitan el intestino humano.

“El sistema inmune pierde tolerancia frente a estímulos normales y termina reaccionando como si estuviera rechazando un órgano”, explicó.

La especialista señaló que existe una alteración del equilibrio bacteriano —conocida como disbiosis— donde disminuyen las bacterias protectoras y aumentan las especies inflamatorias.

A esto se suman factores modernos como dietas ultraprocesadas, sedentarismo, contaminación ambiental, estrés crónico y el uso temprano de antibióticos durante la infancia.

Según cifras citadas por la especialista, en España existen alrededor de 400.000 personas con enfermedades inflamatorias intestinales y cada año se diagnostican aproximadamente 10.000 nuevos casos.

La incidencia, aseguró, ya se acerca a los niveles del norte de Europa.

“El diagnóstico temprano es clave para evitar daño intestinal irreversible”, afirmó.

Uno de los principales cambios de los últimos años ha sido precisamente la reducción del retraso diagnóstico gracias al acceso a pruebas como la calprotectina fecal, un marcador que ayuda a detectar inflamación intestinal.

Pero el mayor punto de inflexión llegó con los tratamientos biológicos.

Nos recuerda que hasta hace apenas dos décadas las opciones se limitaban prácticamente a corticoides, inmunosupresores y cirugía.

Todo cambió en el año 2000 con la aparición de infliximab, el primer fármaco biológico anti-TNF capaz de bloquear moléculas inflamatorias específicas.

Después llegaron medicamentos más selectivos como adalimumab y vedolizumab, seguidos por terapias orales inhibidoras JAK.

“Antes tratábamos síntomas; ahora intentamos evitar el daño estructural y cambiar el pronóstico de la enfermedad”, explicó.

La estrategia terapéutica, dice, dejó de ser reactiva para convertirse en preventiva.

“Existe una ventana de oportunidad. Tratar temprano cambia completamente la evolución”, señaló.

La especialista considera que el futuro apunta hacia una medicina mucho más personalizada, basada en biomarcadores, genética, microbiota y terapias celulares.

Aunque admite que todavía no existe una cura definitiva, insiste en que el cambio experimentado en los últimos 25 años ha sido extraordinario.

“Hoy muchos pacientes pueden alcanzar remisiones profundas y sostenidas. Eso antes era impensable”, concluyó.