Los científicos describen el cerebro bajo los efectos de psicodélicos como desincronizado y entrópicamente desordenado. Estudios de neuroimagen muestran que estas sustancias debilitan la organización habitual de las redes neuronales y aumentan la diversidad e imprevisibilidad de sus señales. Esa mayor diversidad se ha relacionado con el carácter extraño, aleatorio y a veces memorable de los “viajes” psicodélicos.
Pero uno de los mayores estudios hasta ahora de neuroimagen sobre los efectos agudos de la psilocibina acaba de encontrar una aparente contradicción. Detrás de ese desorden hay un orden oculto. La psilocibina, en efecto, diluye algunas de las fronteras dentro del cerebro, pero al mismo tiempo hace más distinguible aquello que la persona vive en ese momento.
El estudio, publicado este mes en Nature, encontró que cuanto más intensa era la experiencia con psilocibina, con mayor claridad podía reconocerse en las señales del cerebro si una persona descansaba, meditaba, o participaba en alguna actividad recreacional. En lugar de confundirse en medio de un “viaje” cada vez más impredecible, cada contexto dejaba una huella más definida.
Ese orden está lejos de existir solo en las pantallas de los investigadores. Las personas que lo mostraban con mayor fuerza también tendían a describir experiencias más intensas de unidad, inmersión y disolución de la frontera entre ellas mismas y el mundo que las rodeaba.
“Bajo los efectos de la psilocibina, las redes neuronales que nos ayudan a procesar nuestro mundo interior y el mundo que nos rodea se volvieron menos diferenciadas, pero se reorganizaron en patrones que reflejaban las experiencias de las personas”, explicó Devon Stoliker, autor principal del estudio e investigador de la Facultad de Ciencias Psicológicas de la Universidad de Monash (en Australia).
Cómo encontraron el orden oculto
Para llegar a esa conclusión, los investigadores reclutaron a 62 adultos sanos prácticamente sin experiencia previa con psicodélicos. Primero registraron sus cerebros sin la sustancia y luego al administrarles 19 miligramos de psilocibina en una cápsula oral. Usaron resonancia magnética funcional y electroencefalografía mientras los participantes descansaban, meditaban, escuchaban música o veían una película.
Después recurrieron a inteligencia artificial para seguir, momento a momento, los cambios en 332 regiones del cerebro, en vez de condensar varios minutos de información en un promedio. El sistema transformó esos cambios en trayectorias y aprendió a reconocer cuáles correspondían al descanso, la meditación, la música o la película.
“Mostramos que la psilocibina reorganiza la actividad cerebral en patrones estructurados y sensibles al contexto que co-varían con la calidad de la experiencia subjetiva, revelando un orden latente que no se detecta con las medidas promediadas en el tiempo”, escribieron los autores.

