Bienvenidos a la era de la computación hecha con cerebros de verdad

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Te voy a contar un secreto. Cada célula de tu cuerpo tiene el potencial de volverse más inteligente. No lo digo en sentido figurado, ni en el sentido de que “el cuerpo lleva la cuenta”. Me refiero a que si unos biólogos con bata de laboratorio tomaran una muestra de tu piel y manipularan con mucho cuidado las células que contiene, podrían crear un cerebro. De hecho, lo hacen constantemente.

No es un cerebro tan complejo como el que tienes detrás de los ojos, por supuesto, pero sí una masa de materia gris, con unos cuantos millones de neuronas que pueden enviar y recibir señales eléctricas. Los biólogos llaman a estas extrañas creaciones “organoides cerebrales humanos”. Mantenidos a una temperatura de 37°C (98.6°F) –similar a la del útero– durante ocho meses, producen oscilaciones repetitivas (ondas cerebrales) casi indistinguibles de las de un bebé prematuro.

El nuevo uso para los organoides

En laboratorios de cultivo celular de todo el mundo, los organoides cerebrales humanos viven sus cortas vidas como conejillos de indias neuronales, en los que se prueban los efectos de enfermedades, toxinas y nuevos fármacos. Pero es posible que pronto se dediquen a actividades más glamurosas. En la Universidad de California en San Diego (UCSD), los organoides guían a robots con forma de araña a través de laberintos y reciben grandes dosis de sustancias psicodélicas. En la Universidad Johns Hopkins, constituyen la base de novedosos sistemas de bioinformática. Y en una startup de Melbourne, juegan videojuegos como Pong y Doom.

Los biólogos hacen las cosas más insólitas. Mientras el resto de nosotros nos distraemos con los grandes modelos de lenguaje (LLM) y los agentes de IA, ellos van directamente a la fuente de la inteligencia, cultivando neuronas vivas y aprendiendo por sí mismos a programarlas con señales eléctricas y dosis de dopamina. Apuestan a que, en el futuro, la inteligencia no será artificial en absoluto. Estará construida a partir de la propia esencia de la vida.

El edificio más imponente de la Universidad de California en San Diego es la biblioteca. La Biblioteca Geisel (que lleva el nombre del autor infantil más conocido como Dr. Seuss), un zigurat invertido de concreto, se alza sobre un campus por lo demás bucólico, sostenida por unas esbeltas patas de dos pisos. Una tarde reciente, mientras una capa de nubes bajas cubría los pequeños bosques de eucaliptos, el edificio se parecía más que nunca a la nave nodriza de una raza alienígena brutalista.

Ese día, el vestíbulo hundido de la Geisel estaba decorado con imágenes científicas de la colección de la universidad. Entre representaciones generadas por computadora de proteínas plegadas y fotografías macro de criaturas marinas bentónicas, una imagen destacaba. Representaba un grupo de neuronas humanas, recortadas en negro contra el blanco lechoso de una placa de Petri. Una corona de axones (las terminaciones nerviosas filiformes que transmiten impulsos eléctricos por todo el cerebro) se extendía desde el grupo con un anhelo casi palpable.

El deseo de las neuronas

Ya sea en nuestros cráneos o en una placa de Petri, las neuronas no buscan otra cosa que encontrarse unas con otras. A través del vacío, forjar las sinapsis cuyo murmullo eléctrico constituye la base del pensamiento. Se les da muy bien. Si juntas células cerebrales sueltas, se multiplicarán y se interconectarán hasta cohesionarse en masas autónomas de tejido. Los organoides cerebrales humanos prácticamente se crean solos.

A 20 minutos a pie de la Biblioteca Geisel, en el Instituto Sanford de Células Madre de la UCSD, se forman decenas de miles de organoides. “Sea cual sea el entorno en el que los pongas, lo primero que hacen es intentar conectarse”. Así lo explicó el biólogo del desarrollo Alysson Muotri, mientras contemplábamos la azulada extensión del Pacífico desde la ventana de su despacho. “Se conectan con las placas de cultivo, con los electrodos, entre sí. Esta es una propiedad intrínseca de nuestro cerebro: conectarse”.