Aún no son las 11 de la mañana y el termómetro ya roza los 30º C. En pleno centro de París, en el barrio de Châtelet, el paisaje está irreconocible. El bullicio y el flujo incesante de transeúntes han dado paso a una calma casi irreal.
Las terrazas están vacías, las aceras, calientes como hornos, están desiertas y las escasas siluetas que se aventuran por ellas buscan desesperadamente un rincón a la sombra. En esta ciudad que parece funcionar en cámara lenta, Abdelkrim sigue, sin embargo, con su ronda. Con la escoba en la mano, este trabajador de limpieza de unos sesenta años avanza bajo un sol abrasador. Tras varias horas al aire libre, se concede un breve descanso al resguardo de los rayos del sol antes de recuperar el aliento.
“Hemos empezado a las 5 de la mañana para avanzar lo máximo posible antes de que las temperaturas suban aún más”, explica. “Hoy se prevé que alcancen los 37° C. Cuanto más pasa el tiempo, más difícil y agotador se vuelve el trabajo”, agrega.
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Un riesgo laboral cada vez más vigilado
Mientras algunos se refugian en oficinas con aire acondicionado o abandonan la capital para escapar del calor, miles de trabajadores siguen en primera línea. Para ellos, las olas de calor no son una simple molestia veraniega, sino una dificultad diaria que pone a prueba su salud y su seguridad.
Las autoridades reconocen ya esta realidad. En una instrucción firmada el 22 de mayo, el Ministerio de Trabajo recuerda que las olas de calor, “cada vez más recurrentes e intensas”, deben integrarse plenamente en los “procedimientos de evaluación y prevención de riesgos laborales”.
El documento destaca un aumento de los malestares, las pérdidas de atención y los accidentes relacionados con el uso de maquinaria, lo que ha llevado a las autoridades públicas a reforzar las medidas de prevención durante las olas de calor.
La Dirección Regional de Economía, Empleo, Trabajo y Solidaridad (Dreets) de Île-de-France recuerda, además, que, desde julio de 2025, los empresarios tienen la obligación de poner agua fresca a disposición de los trabajadores, adaptar los horarios cuando sea posible y reducir la exposición al sol durante las horas de mayor calor.
Las autoridades sanitarias también alertan sobre las consecuencias de una exposición prolongada al calor. Dolores de cabeza, deshidratación, agotamiento e incluso golpe de calor: los riesgos son múltiples y pueden agravarse rápidamente.
“No tengo otra opción”
Para escapar de las temperaturas más altas, muchos empiezan ahora su jornada antes del amanecer. Pero estos horarios adelantados no siempre bastan para mitigar los efectos de un calor que se prolonga durante mucho tiempo.
En la avenida de los Campos Elíseos, Safiullah trabaja entre las plantas de las que se ocupa para un restaurante. Bajo un calor sofocante y húmedo, este jardinero afgano no para de ir y venir con su regadera, mientras intenta dosificar sus fuerzas.
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“Sudo muchísimo y me siento cansado todo el tiempo”, confiesa mientras se seca la frente. “Pero no tengo otra opción. Mi situación me obliga a seguir trabajando sean cuales sean las condiciones. Simplemente intento aguantar, día tras día”, explica.
En una obra donde el hormigón y las estructuras metálicas reflejan el calor, Alexandre hace la misma observación.
“El calor es extremadamente intenso y el trabajo a veces se vuelve casi insoportable”, explica este obrero georgiano. “Intentamos refrescarnos echándonos agua por encima y empezamos a las 6 de la mañana para aprovechar el relativo frescor de las primeras horas. Pero al final, no nos queda más remedio que seguir adelante”, dice.
Según las organizaciones sindicales, estas situaciones se repetirán. En un comunicado publicado el domingo 21 de junio, la Confederación General del Trabajo (CGT) recuerda que, en 2024, la Dirección General de Trabajo (DGT) registró en el país 11 accidentes laborales probablemente relacionados con el calor, siete de ellos mortales. El sindicato, que pide que se refuercen las medidas de protección de los trabajadores más expuestos, subraya que las olas de calor “ya no son excepcionales”, sino que se repetirán y se intensificarán “durante un periodo cada vez más largo, de mayo a octubre”.
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Los hospitales en estado de alerta
A medida que suben las temperaturas, también aumenta la presión en los centros sanitarios.
Sébastien Lecornu anunció el 23 de junio un refuerzo de la movilización del sistema sanitario mediante la activación del plan Orsan en el nivel 2 de 4. “Esta decisión permitirá reforzar las capacidades de regulación médica, movilizar al personal necesario para el funcionamiento del hospital, garantizar la plena coordinación entre la medicina primaria, los hospitales, las clínicas y las residencias de ancianos, y adaptar las actividades si la situación lo exige”, detalló el primer ministro en la red social X.
En los hospitales y centros que acogen a personas mayores se han puesto en marcha medidas excepcionales: habilitación de espacios refrigerados, control reforzado de la temperatura en las habitaciones y mayor uso de aparatos de aire acondicionado, ventiladores y dispositivos de nebulización. También se han habilitado o reforzado “zonas frescas” para acoger a los pacientes más vulnerables.
Por otra parte, la Assistance publique-Hôpitaux de Paris (AP-HP) garantiza que se mantendrá la máxima vigilancia en los servicios de urgencias y en los cuatro SAMU de la región de Île-de-France. Los equipos siguen de cerca la evolución de los casos de deshidratación, golpes de calor o complicaciones provocadas por determinadas patologías crónicas. La capacidad de los servicios de reanimación y el número de camas disponibles también son objeto de un seguimiento diario.
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Ya se están notando los primeros efectos de esta ola de calor. Según los datos facilitados por la institución a France 24, la afluencia a los servicios de urgencias ha aumentado desde principios de semana. Durante la Fiesta de la Música, los ingresos alcanzaron un nivel excepcional, casi el doble de lo habitual. Al mismo tiempo, la actividad telefónica de los SAMU de la región de Île-de-France se disparó más de un 30% con respecto a la semana anterior, mientras que los casos de regulación médica aumentaron un 22% en una semana.
“Cuando me siento agobiado, busco un lugar fresco”
En una calle tranquila de París, Youssef continúa su ronda como agente de limpieza. Entre una intervención y otra, se concede unos minutos a la sombra para recuperar fuerzas.
“Acabo de volver de vacaciones y me arrepiento de no haberlas alargado”, sonríe. “Por suerte, se acercan las vacaciones de verano. Intento hacer pausas regulares. Cuando puedo, me siento en una cafetería o en algún sitio con aire acondicionado para recuperarme un poco. También bebo muchas bebidas frescas para aguantar hasta el final del día”, comenta.
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Al otro lado de la calle, Paul empuja con dificultad su carrito de correo. El cartero avanza a un ritmo más lento de lo habitual. Una botella de agua y una toalla húmeda le acompañan a lo largo de su ruta. “Sería útil contar con más ventiladores portátiles o soluciones para refrescarse, así como con bicicletas más adaptadas a las olas de calor”, opina.
Los repartidores también se encuentran entre los trabajadores más expuestos. En el distrito 2, Ahmed espera un nuevo pedido frente a un restaurante, junto a su bicicleta. Este marfileño de unos treinta años encadena entregas desde por la mañana hasta bien entrada la noche.
“Trabajo desde las 9 de la mañana hasta medianoche. No tengo otra opción”, cuenta, con el rostro marcado por el cansancio. “No tengo permiso de residencia y mi familia depende de mí. Si dejo de trabajar, corro el riesgo de acabar en la calle”, describe.
Cuando el calor se vuelve insoportable, Ahmed se toma breves descansos al resguardo del sol. “A veces tengo la sensación de ahogarme. Entonces busco un lugar fresco y a la sombra antes de volver al trabajo. No quiero pasar por lo mismo que les ha pasado a algunos de mis amigos, que han acabado en urgencias”, cierra.
Este artículo es una adaptación de su versión en árabe

