Kike Esnaola, psicólogo: «Se ha patologizado la introversión en nuestra sociedad»

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MADRID, ESPAÑA / AGENCIA DPA.—  Las patologías de salud mental se configuran cada vez más como la epidemia del siglo XXI. La época está marcada por el aumento de los diagnósticos, la aparición de nuevos tratamientos y un contexto social y cultural que ha dejado de estigmatizar estas enfermedades para normalizar el hecho de buscar ayuda.

Pero el desafío al que se enfrenta el campo de la psicología no es menor. El psicólogo sanitario Kike Esnaola explora algunas de las avenidas por las que transita la mente humana en estos tiempos: las presiones estéticas y la cultura de la dieta, el sobrediagnóstico y el uso de etiquetas, el trauma y los determinantes sociales de la salud mental. Su nuevo libro, Habitando el malestar (Planeta, 2026), aborda cinco conversaciones sobre nuestra mente que van a ser imprescindibles de cara a los próximos años.

—¿Cómo influye el contexto social en el malestar con el que conviven las personas?

—Estamos viendo que cada vez se produce más fragmentación social y aumenta la división entre etiquetas y grupos. Cada vez nos clasificamos más, nos identificamos más con unos grupos u otros, y eso provoca una pérdida del sentimiento comunitario, del sentido colectivo. Esa sensación que se podía describir en otras generaciones, de poder salir al barrio y saludar a personas conocidas, sentir que si nos pasaba algo en casa podíamos recurrir al vecino, hoy en día esas son sensaciones de las que muchos no pueden disfrutar. Eso tiene un impacto directo en nuestra salud mental y en nuestro bienestar. Recuerdo a un paciente que veía en consulta que tenía una profunda sensación de soledad y a medida que fuimos indagando en su vida, él mismo tomó consciencia de que a pesar de la híperconectividad aparente de las redes sociales, era profundamente solitaria.

—Estamos más conectados que nunca, pero no tenemos lazos fuertes.

—Claro, esa conexión con el grupo y con la comunidad, el sentirnos parte de algo, es algo que sigue estando pero hoy la buscamos en otros sitios. Estamos haciéndolo a través de las etiquetas y, en concreto, de los diagnósticos, que cada vez son más utilizados en el lenguaje común para describir experiencias humanas. Con frecuencia se oye decir: «Yo soy PAS», «Mi expareja era narcisista», «Tengo TDAH» o «Tengo depresión». Estas etiquetas en realidad solo ponen sobre la mesa que seguimos teniendo una necesidad de pertenencia muy activa y la estamos canalizando a través de ese lenguaje.

—Justamente habla en el libro de la expansión de la cultura del diagnóstico. ¿Cuándo es útil buscarlo o recibirlo?

—Los diagnósticos nos sirven para dar sentido al malestar y a las experiencias internas que tenemos. Es una necesidad humana que nos ha acompañado desde que tenemos lenguaje a lo largo de toda la historia de la humanidad. Pero la hemos cubierto en diferentes ámbitos en cada época. Antes quizás la cubríamos con una teoría filosófica, o con una doctrina moral o a nivel espiritual. Ahora, está esta obsesión a nivel cultural por la salud, que está muy conectada con esa búsqueda del sentido de nuestras experiencias desde ese modelo, desde la mirada de la salud y la enfermedad. Por eso estamos recurriendo cada vez más a etiquetas médicas y clínicas para explicarnos procesos naturales de la vida, desde duelos hasta emociones complicadas o incómodas. Lejos de querer evitarlas, las queremos controlar y reducir. Es por eso que cuesta tanto evitar el malestar.

—Menciona que los trastornos de salud mental describen patrones de síntomas. ¿Qué nos puede aportar un diagnóstico y cuál es el límite de su utilidad?

—Como hemos normalizado este modelo biomédico que plantea que una enfermedad hace referencia a una serie de causas que la producen, queremos que en salud mental ocurra exactamente igual, pero no es así. Los trastornos mentales son etiquetas clínicas que ponemos los profesionales de salud mental a ciertos grupos de síntomas, pero esas etiquetas no explican las causas por las cuales sufrimos. Por ejemplo, un trastorno depresivo o un trastorno de ansiedad no son más que un conjunto de síntomas de hiperactivación del cuerpo, de alteración emocional. Cuando decimos «Trastorno depresivo» en realidad estamos haciendo referencia al nerviosismo, a la ansiedad, a los pensamientos, a la manifestación de ese malestar, pero en ningún caso estamos señalando las causas. Sin embargo, cuando decimos «Estoy mal porque tengo depresión», se da una explicación circular. Es como decir «Estoy triste porque estoy triste».

—¿Qué problemas puede traer este uso de las etiquetas?

—Las etiquetas generan sesgos. Cuando empezamos a reinterpretar nuestra propia historia y nuestras vivencias bajo la lente de una etiqueta, nos narramos lo que nos ha ocurrido en la vida a partir de ahí. Empezamos a atribuir a eso las cosas que nos han ocurrido y simplificamos también muchos procesos vitales. Las etiquetas a veces nos impiden profundizar y reflexionar, incluso a veces nos hacen perder la sensación de autonomía sobre la vida. 

—No estamos acostumbrados a aceptar que ciertos malestares sean parte de la vida sin medicalizarlos.

—Efectivamente. Tenemos toda una estructura cultural que nos distribuye fármacos, terapias, libros de autoayuda dirigidos a, precisamente, huir del malestar. Pero para poder vivir una vida con sentido profundo y dirigirla hacia algo que realmente nos resulte importante es necesario pasar por procesos de dificultad y esto va a implicar tener que frustrarnos, vivir situaciones incómodas. Huir del malestar no nos permite dirigir nuestra vida hacia donde queremos ni conocernos en profundidad. Porque no vamos a saber entender y traducir lo que el propio malestar nos está diciendo de nosotros mismos y de nuestra historia personal.

—¿Por qué cree que están calando tanto estos discursos de autoayuda?

—Porque aumentan la sensación de control. Si yo te digo que todo depende de ti y que tengo una solución que vas a poder poner en marcha tú sola, esto es algo muy atractivo. Desde el punto de vista psicológico, aumenta nuestra percepción de control, pero después genera frustración y esa frustración siempre se dirige hacia uno mismo. Es mi culpa, no lo he hecho lo suficientemente bien, será que tengo que esforzarme más, es que no tengo fuerza de voluntad. Y así se genera toda una industria del crecimiento personal, la autoayuda, los talleres para desarrollar habilidades, hay un sinfín de artefactos alrededor de este tipo de malestar. Por ejemplo, se ha patologizado la introversión en nuestra sociedad y parece que el modelo sano de socialización fuera el de la persona extrovertida. 

Lo vinculamos al concepto de habilidades sociales y patologizamos lo que consideramos como un patrón diferente a ese. Hay un montón de cursos destinados a que las personas adquieran una misma forma de socializar. Ahí es donde uno se pregunta: ¿todos debemos socializar igual? ¿Acaso somos todos iguales?

—¿Cómo podemos aprender a convivir con esa incomodidad y ese malestar? ¿Dónde está el punto medio entre huir de él y resignarnos a sufrir?

—Para poder hacer más habitable el malestar es imprescindible desarrollar una mirada crítica hacia uno mismo y hacia el contexto que nos rodea. Y es imprescindible aprender a dimensionar el malestar, poder distinguir bien qué es nuestro, qué no es nuestro, sobre qué parte sí podemos tomar decisiones y sobre qué otras partes quizá no podemos tomarlas o no es nuestra responsabilidad. Creo que es un viaje que implica soltar algunas cargas, revisar nuestra propia historia biográfica y aumentar poco a poco la tolerancia a la incomodidad. Y para eso sí que creo que hay que hacer una reflexión profunda como ser humano y ver hasta qué punto este artefacto cultural que nos rodea de las redes sociales nos está afectando a la hora de poder tolerar la incomodidad, porque nos hemos acostumbrado a la inmediatez de lo digital.