NUEVA YORK,EE.UU/ AGENCIA AFP.- La relación entre los jóvenes y sus teléfonos ha cruzado una línea roja para la salud mental y nutricional. Una investigación sistemática liderada por el Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia (IoPPN) del King’s College de Londres ha confirmado una conexión significativa y consistente entre la dependencia del móvil y el desarrollo de conductas alimentarias desordenadas.
El estudio, publicado en el Journal of Medical Internet Research, analiza datos de 35 estudios a nivel mundial, con una muestra masiva de 52.584 participantes cuya edad media es de apenas 17 años.
Los investigadores han acuñado el término Uso Problemático del Teléfono Inteligente (UPI) para describir una dependencia psicológica que va más allá de la simple consulta de mensajes.
Los hallazgos más preocupantes se concentran en una mayor presencia de síntomas adictivos hacia ciertos alimentos, episodios de sobrealimentación emocional para compensar el malestar y una visión negativa del propio físico que surge de la comparación constante. Esta asociación se vuelve particularmente fuerte en aquellos jóvenes que utilizan sus dispositivos durante más de siete horas al día.
¿Por qué el móvil altera nuestra forma de comer? La Dra. Johanna Keeler, primera autora del estudio, señala a la adolescencia como una etapa crítica de construcción del autoconcepto. La exposición constante a imágenes idealizadas “lleva a los jóvenes a comparar su apariencia con estándares irreales. Esto genera baja autoestima e insatisfacción, factores de riesgo directo para desarrollar un trastorno alimentario", explica Keeler. El smartphone actúa como una ventana ininterrumpida a "vidas y cuerpos perfectos", lo que distorsiona la percepción del usuario sobre su propia realidad física.
Para el Prof. Ben Carter, autor principal y experto en estadística médica, el estudio demuestra que el smartphone se ha convertido en una fuente de sufrimiento incluso para quienes no tienen un diagnóstico clínico de trastorno alimentario (TCA).
Los investigadores sostienen que el tratamiento de los problemas alimentarios en el siglo XXI no puede ignorar el factor digital. Sugieren que las estrategias de salud pública deben incluir educación sobre el uso del teléfono y herramientas de gestión emocional para que los jóvenes puedan navegar en el entorno digital sin que su salud física y su relación con la comida se vean comprometidas.
