Entre el amor a la patria y el cansancio de sus políticos

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POR RAFAEL PASIAN

¿Cuántas veces puede un ciudadano escuchar una promesa antes de dejar de creer en ella? ¿Por qué un dominicano que trabaja, envía dinero a su familia y sueña con regresar a su país puede perder el entusiasmo por votar en sus elecciones? ¿Se ha olvidado de su patria, o siente que quienes gobiernan su patria se han olvidado de él?

Soy Rafael Pasian. Hoy quiero reflexionar sobre una distancia que no se mide en millas: la distancia entre los dominicanos que vivimos en Estados Unidos y una política dominicana que necesita recuperar nuestra confianza.

Hablamos de las elecciones presidenciales de la República Dominicana y de una pregunta que merece más respeto que reproche: ¿por qué tantos compatriotas en el exterior no participan?

El problema existe. Un estudio de IIDH/CAPEL, solicitado por la Junta Central Electoral y presentado en septiembre de 2026, situó la participación del conjunto del electorado empadronado en el exterior en las elecciones de mayo de 2024 en apenas un 19 %. Esa cifra corresponde al exterior en general, no exclusivamente a Estados Unidos. Pero nos obliga a pensar seriamente en la relación entre ciudadanía, partidos y Estado.

Ahora bien, una cifra nos dice cuántos dejaron de votar. Por sí sola, no nos explica todas sus razones.

El autor es ingeniero, escritor y educador dominicano. Reside en Nueva York.

No debemos confundir automáticamente abstención con indiferencia. Hay quien no participa porque trabaja el día de las elecciones, porque vive lejos de su recinto, porque carece de información suficiente o porque enfrenta dificultades con su documentación. Hay quien está absorbido por el alquiler, las deudas, la salud y la crianza de sus hijos.

Y también hay quien podría votar, pero ha dejado de creer.

Comprender estas diferencias es indispensable. Porque una democracia que solo regaña al ciudadano ausente termina evitando la pregunta más incómoda: ¿qué ha hecho para merecer su presencia?

Muchos dominicanos emigraron buscando oportunidades que no encontraban en su tierra. Otros salieron para reunirse con sus familias, estudiar o construir una vida distinta. Cada historia tiene sus razones, sus heridas y sus esperanzas.

En Estados Unidos, esa vida se construye con esfuerzo. Hay jornadas largas, inviernos duros, barreras de idioma y años de sacrificio. Mientras se sostiene un hogar aquí, muchas veces también se sostiene otro allá.

Por eso, cuando un dirigente habla de la diáspora únicamente como fuente de remesas, reduce una experiencia humana a una cantidad de dinero.

Detrás de cada envío hay trabajo. Hay horas lejos de los hijos. Hay necesidades propias que se posponen para que una madre compre sus medicamentos o un sobrino continúe estudiando.

La diáspora merece ser escuchada con la misma atención con que se reciben sus aportes.

Desde esa perspectiva, debemos examinar a los partidos mayoritarios.

No basta con tener seccionales, juramentar dirigentes o llenar un salón durante la visita de un candidato. El crecimiento de un partido también se mide por su capacidad para incorporar jóvenes, formar ciudadanos, escuchar críticas y mantener vínculos útiles con la comunidad entre una elección y otra.

Cuando una organización gira alrededor de los mismos cargos, los mismos conflictos y las mismas aspiraciones personales, corre el riesgo de perder contacto con la vida de quienes dice representar.

El PRM, el PLD, la Fuerza del Pueblo y las demás organizaciones deberían preguntarse qué ofrecen a un dominicano que no busca un nombramiento, un contrato ni una fotografía junto al candidato.

¿Qué espacio tiene quien quiere aportar ideas?

¿Qué lugar ocupa una joven dominicana criada en Estados Unidos, con inquietudes sobre educación, identidad, discriminación y oportunidades profesionales?

¿Quién escucha al trabajador que necesita orientación y no tiene tiempo para asistir a una reunión partidaria?

La renovación requiere abrir puertas y compartir decisiones. Si la juventud solo es convocada para aplaudir, difícilmente sentirá que ese proyecto también le pertenece.

Hay, además, una práctica que debe someterse a una crítica clara: buscar a los empresarios de la diáspora con gran entusiasmo durante la campaña y mantener después una relación débil con las necesidades de la comunidad.

Recaudar fondos dentro de la ley es una actividad legítima. El problema aparece cuando el aporte económico se convierte en la principal medida de importancia de una persona.

El empresario merece respeto. También lo merece quien limpia edificios, cuida enfermos, conduce un taxi o trabaja en una cocina.

Una democracia se debilita cuando el acceso al dirigente parece depender del tamaño del cheque.

Y la confianza se deteriora cuando el ciudadano percibe que el teléfono funciona para pedirle una contribución, pero deja de funcionar cuando necesita una respuesta.

Esa responsabilidad no corresponde únicamente a los partidos. Corresponde también a los gobiernos.

Un consulado debería ser una puerta accesible del Estado: un lugar donde el ciudadano encuentre información clara, trato digno y servicios eficientes. No debería tener que acudir a un intermediario político para resolver un trámite ni sentir que una gestión pública es un favor personal.

Sería injusto afirmar que no existe ninguna asistencia. El Ministerio de Relaciones Exteriores contempla servicios de protección y retorno para dominicanos en situaciones de vulnerabilidad. Reconocerlos permite formular una exigencia más precisa: que la atención sea accesible, efectiva y que también responda a otras necesidades de la emigración.

Porque atender una emergencia y acompañar un proyecto de vida son responsabilidades diferentes.

Pensemos en el regreso y el retiro.

Muchos compatriotas pasan décadas imaginando una vejez en su país. Quieren estar cerca de sus hermanos, conversar en su barrio, cultivar una pequeña parcela o disfrutar de una casa levantada con años de ahorro.

Pero ese sueño necesita condiciones concretas.

¿Podrán recibir atención médica de calidad? ¿Estará protegida su propiedad? ¿Encontrarán información confiable para organizar sus ingresos de retiro y cumplir sus obligaciones? ¿Podrán vivir con seguridad? ¿Qué ocurrirá si enferman o pierden autonomía?

No basta con decirles: “Regresen, esta es su tierra”.

Hay que ayudarles a saber cómo regresar y cómo vivir después del regreso.

Una política seria de retorno debería ofrecer orientación coordinada sobre vivienda, salud, documentación, inversión y retiro. Debería facilitar el aprovechamiento de la experiencia de quienes vuelven: maestros, técnicos, enfermeras, comerciantes, profesionales y trabajadores que han adquirido conocimientos valiosos.

El dominicano que regresa trae ahorros, pero también trae capacidades. Puede enseñar, emprender y contribuir a su comunidad.

Y el que decide quedarse en Estados Unidos conserva igualmente sus derechos y su pertenencia. Nadie debe regresar para demostrar que ama a su país.

Ahora bien, la responsabilidad institucional no elimina la responsabilidad ciudadana.

El desencanto merece ser escuchado. Pero debemos preguntarnos qué ocurre cuando se convierte en una renuncia permanente a participar.

La abstención puede expresar una protesta; también puede dejar las decisiones en manos de quienes ya tienen organización, recursos e influencia.

Por eso necesitamos transformar el cansancio en exigencias concretas: propuestas por escrito, compromisos verificables, rendición de cuentas y espacios de participación que funcionen durante todo el año.

No basta con preguntar quién ganará las elecciones. Debemos preguntar qué cambiará para la comunidad, quién será responsable de cumplirlo y cómo podremos evaluar los resultados.

La confianza no vuelve por orden de un dirigente. Vuelve cuando una institución responde, cuando un funcionario escucha y cuando una promesa se convierte en una solución.

Desde una mirada humanista, el desafío consiste en recuperar el valor de cada persona.

El emigrante es mucho más que un voto disponible, una remesa o una contribución de campaña. Es un ciudadano con historia, necesidades, conocimientos y derechos.

Si los partidos quieren crecer en el exterior, necesitan acompañar la vida de la comunidad. Si los gobiernos quieren fortalecer el vínculo con la diáspora, necesitan convertir el reconocimiento público en servicios y oportunidades.

Y si nosotros queremos una patria más justa, necesitamos participar con criterio propio, sin entregar nuestra conciencia a una bandera partidaria.

Quiero terminar con estas preguntas:

¿De qué sirve celebrar lo que la diáspora aporta si no atendemos lo que necesita? ¿Qué sentido tiene pedirle que vuelva si regresar sigue siendo una incertidumbre? ¿Y cómo podemos reclamar su confianza sin ofrecerle razones para confiar?

Soy Rafael Pasian.

A quienes gobiernan y a quienes aspiran a gobernar, les digo: escuchen a los dominicanos del exterior también cuando no haya campaña.

Y a mis compatriotas les digo: nuestro cansancio tiene razones, pero nuestras esperanzas también merecen organización y voz.

La patria tiene una deuda de atención con quienes, aun viviendo lejos, nunca han dejado de sostenerla.

of-am

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