Crónica: una semana después del terremoto, Colombia vive el duelo entre los escombros y la reconstrucción

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Una semana de dolor entre los escombros. A las 7:34 de la mañana del 10 de agosto, la tierra comenzó a moverse durante entre 90 segundos y dos minutos. El epicentro fue localizado en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y el terremoto de magnitud 7,4 terminó siendo el más fuerte registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.

El impacto se extendió por al menos 15 departamentos y más de 470 municipios, con Cali y Pereira, en el occidente de la nación, entre las ciudades más golpeadas.

“Lamentablemente, no hay señales de vida”

Una semana después, el último balance de las autoridades sitúa en alrededor de 290 los fallecidos, más de 4.000 los heridos y cerca de 200 los desaparecidos. Las cifras han variado durante los últimos días debido a la verificación de los reportes iniciales y la eliminación de posibles duplicados. La emergencia deja además más de 127.000 viviendas afectadas, unas 26.000 destruidas y cerca de 200 edificios colapsados.

En Cali, una de las ciudades más afectadas, los equipos de emergencia continúan trabajando entre montañas de concreto, estructuras metálicas retorcidas y edificios convertidos en ruinas. Pero después de más de 140 horas de labores, las tareas de búsqueda han entrado progresivamente en una fase de recuperación de cuerpos.

“Lamentablemente, no hay señales de vida”, dijo el capitán de bomberos Alberto Hernández, quien explicó que las réplicas obligan a extremar las precauciones para no poner en riesgo a los socorristas ni a los habitantes que colaboran en las labores.

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Historias que quedaron bajo las ruinas

En Pereira, Claudia Galeano, de 53 años, perdió su vivienda y a su padre, Arnulfo Galeano, quien fue rescatado con vida de entre los escombros, pero murió posteriormente en un hospital. Su testimonio resume el dolor de miles de familias que, en cuestión de minutos, perdieron sus casas y a sus seres queridos.

“El terremoto me arrebató a mi padre, pero hay gente en peor situación que yo”, relató Galeano, mientras describía la situación de quienes permanecen en la calle sin vivienda ni familiares.

También en Pereira, Daniela Largo se convirtió durante unas horas en uno de los símbolos de esperanza de la tragedia. La mujer permaneció más de 36 horas atrapada bajo los restos de un hotel hasta que los rescatistas consiguieron localizarla y sacarla con vida. Fue reanimada después de sufrir un paro cardiorrespiratorio y trasladada a cuidados intensivos, pero las lesiones provocaron posteriormente una falla orgánica que terminó con su vida.

En Cali, una de las historias más dolorosas fue la de la familia Saavedra Caicedo. Los padres y dos de sus hijas trillizas murieron bajo los escombros del edificio donde vivían. Ana María, otra de las hermanas, sobrevivió y permanece hospitalizada. “Ella comenzó a gritar y la llevaron a un centro asistencial”, relató su primo Carlos Saavedra, quien explicó que la joven sufrió fracturas en un brazo y la pelvis. Para ella, la reconstrucción no significa únicamente encontrar un lugar donde vivir: significa comenzar de nuevo después de haber perdido prácticamente a toda su familia.

Los niños y las familias que aún esperan

La tragedia también alcanzó a los más pequeños. En Calima-El Darién, cuatro niños de entre 6 y 8 años murieron cuando un muro se desplomó sobre una sede educativa. En Yumbo, otras dos niñas fallecieron tras el colapso de una estructura escolar. En el Chocó, Mateo Valencia, hijo del alcalde de Bahía Solano, murió después de quedar atrapado por el derrumbe de un edificio.

Las familias también han vivido días de incertidumbre en la búsqueda de sus desaparecidos. Violeta Guerrero, de siete años, había viajado a Cali junto con su abuela, Amparo Jaramillo, de 71 años.

Ambas quedaron atrapadas tras el colapso de un conjunto residencial y fueron encontradas sin vida dos días después. Las autoridades han reportado además decenas de menores entre las personas desaparecidas y cientos de niños que han recibido acompañamiento psicológico tras la emergencia.

El terremoto tampoco hizo distinciones entre quienes cubrían la tragedia y quienes la sufrían. Periodistas que acudieron a informar desde Cali y Pereira tuvieron que afrontar la pérdida de sus propios familiares.

José Fernando Patiño esperó durante dos días noticias de su padre, Darío Patiño Rivera, hasta que los rescatistas encontraron su cuerpo. Carlos Andrés Aponte recibió la confirmación de la muerte de sus padres y una sobrina, mientras el reportero Jorge Tobón encontró entre los escombros a su esposa, Ana Ludivia Bernal, tres días después del terremoto.

Chocó, epicentro y símbolo del abandono

En San José del Palmar, donde se localizó el epicentro, y en otros municipios del Chocó, la emergencia adquirió una dimensión particular. El departamento registró muertos, cientos de heridos, miles de damnificados y miles de viviendas destruidas o afectadas. La precariedad de muchas construcciones y las dificultades de comunicación y acceso complicaron las labores de respuesta.

El Chocó es, además, uno de los departamentos históricamente más pobres y vulnerables de Colombia. La magnitud del desastre volvió a poner sobre la mesa problemas que preceden al terremoto: infraestructura insuficiente, dificultades para acceder a servicios de salud y grandes distancias entre las comunidades rurales y los centros urbanos.

Desde Quibdó, el presidente Abelardo de la Espriella prometió convertir la reconstrucción en una oportunidad para atender esa deuda histórica. “En medio de esta tragedia tan grande, tenemos una oportunidad histórica de saldar la deuda que por tantos años ha tenido el Estado colombiano con este departamento”, afirmó el mandatario, que asumió la Presidencia pocos días antes del terremoto.

La solidaridad llega mientras empieza la reconstrucción

La respuesta a la emergencia movilizó a organismos de socorro, Fuerzas Militares, Policía, Cruz Roja y Defensa Civil, además de equipos especializados enviados por otros países. Estados Unidos elevó su ayuda humanitaria a 26,5 millones de dólares, mientras equipos de México, Ecuador, Israel, El Salvador y otras naciones ofrecieron o desplegaron apoyo.

La ayuda también llegó desde empresas y ciudadanos. Bogotá, Barranquilla y Pereira organizaron grandes centros de acopio, donde miles de personas entregaron alimentos, medicamentos, ropa y otros elementos para los damnificados. Entre las mayores contribuciones privadas anunciadas están los 150.000 millones de pesos aportados por el empresario Jaime Gilinski para la reconstrucción de hospitales y escuelas de Cali y los 32 millones de dólares comprometidos por la familia Santo Domingo.

Pero cuando los equipos abandonen los últimos puntos de búsqueda y los escombros comiencen a desaparecer de las calles, quedará el desafío más grande: reconstruir viviendas, escuelas, hospitales, carreteras y, sobre todo, la vida cotidiana de quienes sobrevivieron. Una semana después del terremoto, Colombia ya empieza a pasar de la emergencia al duelo y de la búsqueda a la reconstrucción. Para miles de familias, sin embargo, la tragedia apenas comienza a adquirir su verdadera dimensión.

Sobrevivir al terremoto y empezar de cero

Una semana después del terremoto, para miles de sobrevivientes el rescate terminó, pero la emergencia apenas comienza. Ebert Jonathan Morales, de 38 años, permanece en un refugio de Cali junto a su esposa y sus cuatro hijos, después de que el sismo destruyera su vivienda. “No hay dónde vivir, lo perdimos todo”, dijo, mientras explicaba que permanecerán en el albergue hasta recibir ayuda del Gobierno. Su historia se repite en decenas de miles de familias que lograron sobrevivir al desastre, pero quedaron sin casa, sin trabajo y, en muchos casos, sin los bienes que habían construido durante años.

En Cali y Pereira, algunas familias han convertido parques y espacios públicos en dormitorios improvisados. Edith Penagos, de 48 años, duerme junto a su hijo adolescente en una de las carpas instaladas en un parque de Pereira. Aun en medio de la incertidumbre, agradece tener lo esencial: “Un techo sobre nuestras cabezas, comida, agua y, en mi caso, atención médica”. En otros lugares, escuelas y edificios públicos han sido habilitados como refugios, mientras voluntarios recorren las zonas afectadas con alimentos, agua, colchones y otros artículos básicos.

En San Francisco, un corregimiento del Valle del Cauca, la escena es todavía más desoladora. Muchas viviendas colapsaron y otras deberán ser demolidas por el riesgo que representan. María Echeverri no pudo contener las lágrimas al contemplar lo que quedó de su casa y recordar que la vivienda de su madre también fue destruida. Mientras hablaba, un voluntario llegó en motocicleta para repartir pan y otros alimentos, una muestra de cómo, ante la lentitud o dificultad para hacer llegar la asistencia oficial a algunos lugares, vecinos y organizaciones locales se han convertido en la primera línea de apoyo.

La necesidad más urgente, advierten especialistas y organizaciones humanitarias, es garantizar un lugar seguro donde vivir antes de pensar en la reconstrucción definitiva. El profesor de ingeniería Yezid Alvarado Vargas señala que se necesita una evaluación técnica rigurosa para determinar qué edificaciones pueden ser habitadas, cuáles pueden repararse y cuáles deben demolerse. Pero el desafío es todavía mayor en el Chocó y otras zonas históricamente marginadas, donde el terremoto se superpone a la pobreza, la violencia y décadas de desplazamiento. María Mercedes Liévano, de Save the Children, describió la situación como “una crisis sobre otra crisis”, mientras ACNUR advierte que algunas familias que ya habían sido expulsadas de sus hogares por la violencia ahora enfrentan nuevamente la pérdida de vivienda. Para ellas, la emergencia no consiste únicamente en reconstruir paredes: significa recuperar seguridad, estabilidad y la posibilidad de volver a empezar.

Con Reuters y medios locales