En mayo de 2026, dos películas de terror dirigidas por cineastas que se dieron a conocer en internet coincidieron en salas. Obsession, de Curry Barker, convirtió el deseo de un hombre por ser correspondido en una historia sobre obsesión, control y consentimiento. Semanas después, Backrooms, de Kane Parsons, llevó a la pantalla grande un universo de pasillos amarillos, oficinas vacías y habitaciones que parecen no terminar nunca. Las dos figuran entre las películas más taquilleras del año, con una recaudación global de más de 470 millones de dólares y cerca de 390 millones, respectivamente.
Las coincidencias van más allá de sus directores. En Obsession, el peligro y el miedo comienzan con algo tan reconocible como querer que otra persona corresponda a nuestros sentimientos, mientras que en Backrooms surge en espacios aparentemente cotidianos. Las dos toman elementos cercanos y los alteran hasta conseguir que una relación afectiva o un lugar aparentemente común dejen de sentirse seguros.
Podría parecer que el terror empezó a buscar el miedo en otros lugares, que los vampiros, demonios, monstruos y demás criaturas de la noche quedaron de lado, y en su lugar aparecieron los traumas, las relaciones de control, el aislamiento, las pantallas y la tecnología; pero la historia del género muestra algo distinto.
“No creo que sean un patrón nuevo, creo que más bien lo que está ocurriendo es un cambio de perspectiva”, explica Valeria Villegas Lindvall, doctora en estudios cinematográficos especializada en pensamiento feminista y descolonial, en entrevista con WIRED en Español. Para ella, la diferencia está en quién cuenta esas historias, ya que en los últimos años han encontrado más espacio cineastas jóvenes y voces que antes tenían menos oportunidades dentro del género.
Edna Campos ha seguido parte de esas transformaciones durante 25 años como directora y cofundadora de Macabro, Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México. En ese tiempo ha visto pasar distintas tendencias, desde el torture porn y el auge del terror japonés hasta el regreso del folk horror.
“Yo creo que los miedos son los mismos. Lo que creo que cambia es el contexto y creo que justo eso es lo que hace que cambie un poco cómo se cuentan esas historias”, menciona Campos. La comunicóloga dice que la muerte, el dolor, la pérdida, la vejez, la oscuridad y la sospecha hacia los demás son miedos que siguen apareciendo una y otra vez, aunque cada época encuentra escenarios distintos para darles forma.
Cuando lo familiar deja de sentirse seguro
Las relaciones y los espacios cotidianos tampoco llegaron apenas al terror. Villegas Lindvall recuerda que la idea del “enemigo entre nosotros” atraviesa buena parte de la historia del género y que el propio hogar ha funcionado como espacio de amenaza desde los primeros años del cine.
“No es tanto que sean nuevos estos patrones o que lo doméstico y las relaciones en estructuras reconocibles sean nuevas, sino más bien la subversión de esos espacios cuando existe una manera de contrarrestar dinámicas de poder desiguales”, explica.

