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Durante décadas, las drogas psicodélicas han ocupado un lugar familiar dentro de la cultura musical: como musa, como amenaza, como atajo para hablar de rebeldía, trascendencia o autodestrucción. Se han integrado en la mitología del rock, en el folclore de la cultura rave, en innumerables álbumes y en el lenguaje de la reinvención artística. Pero en 2026, a medida que más y más artistas hablan abiertamente sobre trauma, agotamiento y automedicación, la conversación sobre los psicodélicos empieza a girar en torno a cómo estas drogas podrían funcionar como terapia.
Esa conversación solo se ha intensificado tras la orden ejecutiva que el presidente estadounidense Donald Trump firmó el 18 de abril para impulsar la investigación, revisión y aprobación de drogas psicodélicas para enfermedades mentales graves, como el trastorno de estrés postraumático (TEPT), la depresión resistente al tratamiento y las adicciones. Eso incluye una atención creciente a sustancias como la ketamina, el LSD, la psilocibina — el ingrediente activo en los llamados “hongos mágicos” — y la ibogaína, un alcaloide derivado del arbusto iboga con fuertes efectos alucinógenos. La medida fue una señal de que sustancias mantenidas durante mucho tiempo al margen están avanzando, aunque sea lentamente, hacia el mainstream de la medicina.
En el mundo de la música, Melissa Etheridge se ha convertido en una de las defensoras más activas del estudio de los psicodélicos en entornos terapéuticos, impulsada en parte por la muerte en 2020 de su hijo de 21 años, Beckett Cypher, por causas relacionadas con la adicción a los opioides. A través de la Etheridge Foundation — que celebrará su primera cumbre RISE el 12 de noviembre en Irvine, California, con una charla entre Etheridge y el experto en adicciones Dr. Gabor Maté — la artista ha abogado por que se estudien más seriamente los tratamientos asistidos con psicodélicos como posibles herramientas para abordar la adicción y la recuperación.
“Yo pasé por lo que sé que atraviesan cientos de miles de familias, cuando tienes a un familiar con una adicción y sabes que eso empieza a destrozar a la familia”, dice Etheridge a Billboard. “Quieres arreglarlo. Quieres salvarlo”.
Etheridge no está sola en este activismo. Artistas como Grimes, Kacey Musgraves, Machine Gun Kelly y Jon Hopkins han ayudado a visibilizar el debate sobre la terapia asistida con psicodélicos en el mundo de la música. Grimes, que ha hablado públicamente sobre ketamina, microdosis y los posibles beneficios de los psicodélicos para la salud mental, se apresura a advertir que el uso de estas sustancias a veces puede confundirse con el abuso. “Los artistas son significativamente más propensos al abuso de sustancias y al escapismo”, dice. “He visto a muchas personas que lidian con la fama empezar a abusar de sustancias ‘sanadoras’ [como los psicodélicos]”.
Por ese motivo, Grimes se muestra especialmente entusiasta respecto a la ibogaína, señalando que “al parecer no es nada divertida, así que no me preocupa en absoluto apoyarla”. Añade que ha quedado “extremadamente impresionada” por los resultados clínicos obtenidos en los estudios de este fármaco con pacientes que padecen depresión resistente al tratamiento, adicciones y TEPT.
Para Mariah Jeremiah, LCSW, fundadora de The Wellness Roadies, un colectivo que ofrece programas de salud mental y bienestar para artistas, equipos y comunidades de música en vivo, el atractivo de estas terapias entre los profesionales de la música no puede entenderse sin comprender primero lo que la industria musical provoca en quienes forman parte de ella.
“He visto niveles de agotamiento en profesionales de la industria musical más altos que en cualquier otra industria con la que haya trabajado”, dice Jeremiah, una trabajadora social clínica que proviene de una familia de músicos en Oklahoma. Cuenta que su trabajo con clientes de la industria se profundizó a través de su experiencia profesional con Backline, la organización de salud mental que apoya a trabajadores de la música. “El nivel de agotamiento entre músicos es comparable al de los médicos en la sala de emergencias”, añade. “Es altísimo, simplemente por el nivel de estrés”.
Los artistas que salen de gira a menudo se ven desconectados de las personas, los lugares y las rutinas que, de otro modo, les ayudarían a mantener los pies en la tierra. Miembros del crew, mánagers y trabajadores de producción viajan de ciudad en ciudad en entornos de alta intensidad, con poco tiempo para asimilar el impacto físico o emocional de su trabajo. En opinión de Jeremiah, esa presión es tanto severa como normalizada.
“La industria musical es como un experimento con el sistema nervioso para el que nadie preparó a nadie”, dice.
Myriam Barthes, CEO de Journey Clinical — una plataforma de salud mental que colabora con terapeutas y profesionales médicos autorizados para ofrecer psicoterapia asistida con ketamina y atención psiquiátrica asociada — observa una situación similar. “Los artistas enfrentan un conjunto de dificultades muy específico”, dice. “Existe mucha incertidumbre; por ejemplo, no se recibe un sueldo a fin de mes. Uno se siente muy vulnerable porque se expone ante los demás. No tienes idea de si a la gente le gustará tu obra o cómo reaccionará ante ella”.
Ese agotamiento suele manifestarse como fatiga y también como desconexión: de uno mismo, de la alegría y de las razones por las que alguien se inició en la música en primer lugar. Jeremiah afirma que la presión por seguir produciendo — incluso en estados de agotamiento, aislamiento o inestabilidad económica — puede acabar vaciando a los artistas con el paso del tiempo.
“Muchas veces veo que ya no sienten la misma pasión por la música que sentían antes”, comenta. “Se desilusionan con lo que realmente le hace la industria musical a la gente. Si se lo permites, te absorberá toda la energía que tienes para dar”.
Esa presión se siente en toda la industria, incluyendo a mánagers de gira, ingenieros de audio y trabajadores de producción. “Muchos miembros del crew no tienen la posibilidad de mostrarse vulnerables ni de recibir apoyo de su equipo en el trabajo”, dice Jeremiah. Para ella, una de las realidades más ignoradas dentro del mundo de la música es el duelo. “Hay muchísimo duelo en la industria musical y simplemente no hay tiempo para procesarlo”, señala. “Alguien podría morir detrás del escenario y al día siguiente tienen que sacar adelante toda la producción. A menudo no hay nadie revisando cómo están, ayudándolos a procesarlo. Solo tienen que seguir adelante”.
Precisamente este tipo de condiciones son las que hacen que las terapias asistidas con psicodélicos cobren una nueva urgencia, señala Jeremiah. En su opinión, estos tratamientos pueden ayudar a flexibilizar patrones mentales y emocionales rígidos y permitir a las personas “recuperar su espíritu, su alma y la razón por la que entraron a todo esto”, además de sentir — aunque sea por un instante — que “simplemente pueden existir y respirar, en lugar de tener que hacer algo y ser los mejores todos los días”.
Aun así, es tajante: estos tratamientos no son herramientas triviales ni aptas para todo el mundo, incluyendo personas con antecedentes personales o familiares de psicosis grave. Por ello, le preocupa el creciente número de facilitadores con escasa formación que se presentan como “coaches” o “acompañantes” de psicodélicos sin contar con una preparación clínica rigurosa.
“Cuando esto se hace bien, es increíble”, dice. “Cuando se hace mal, puede ser realmente dañino”.
Barthes dice que uno de los mayores retos actuales en este ámbito es lo que ella llama “alfabetización”: aprender a hablar sobre psicodélicos sin “demonizarlos ni presentarlos como una píldora mágica capaz de resolver todos tus problemas”.
Por ahora, el acceso a las terapias psicodélicas en Estados Unidos sigue estando en gran parte limitado a ensayos clínicos, aunque en al menos dos estados — Oregón y Colorado — los adultos pueden acceder a centros de tratamiento con psilocibina autorizados por el estado. Aun así, Juliana Todeschi Paer, abogada asociada de Vicente LLP, dice que el acceso a estas terapias puede ser difícil de navegar para profesionales de la música con agendas de gira caóticas, incluso en estados donde es legal. “Cuando pensamos en los calendarios de gira de los músicos, estos son servicios que requieren una planeación muy intencional”, dice. Por ejemplo, añade, “Colorado exige una sesión de preparación, una de administración y una de integración como parte de un mismo ciclo”.
Por supuesto, el activismo de artistas como Etheridge y Grimes no se limita a los profesionales de la música; al igual que los defensores más libres del uso psicodélico en los años 60 y 70, su misión apunta al público en general. Y, como ocurre en muchos otros ámbitos, las celebridades pueden ayudar a desestigmatizar el tema de los psicodélicos gracias al alcance de sus plataformas. Pero, como sugiere Joshua Kappel, socio fundador de Vicente LLP, la visibilidad no equivale a seguridad, y la aceptación cultural no es sinónimo de un cuidado adecuado.
“Las celebridades tienen plataformas, y sus historias son poderosas”, dice Kappel. “Pero aquí hay un riesgo real: no todo el mundo tiene una buena experiencia [con la terapia psicodélica]”.
Aun así, para Etheridge los psicodélicos pueden representar una opción de tratamiento vital, incluso capaz de salvar vidas, para quienes luchan con la adicción y problemas de salud mental. Para ella, esto convierte el tema en un asunto urgente: “Si mi hijo hubiera contado con eso, si esa opción hubiera existido hace 10, ocho o cinco años, tal vez estaría aquí”.
